jueves, 11 de julio de 2013

La Búsqueda - Prólogo

El Gran Sueño
Vol. I: La Búsqueda

Web: http://anahimendez.wix.com/egs-labusqueda

Prólogo
Premoniciones

1

Estaba ocurriendo. La sensación hizo detener su caminata. Ella sabía lo que significaba, y por un momento se sintió magnífica, exuberante, poderosa…
Se le presentaba en la mente un estallido de imágenes, una tras otra, de una manera muy veloz, y sin embargo, porque sólo ella era capaz, las comprendió con exactitud dando cuenta que había llegado el momento.  
Entonces, sin permitirse perder tiempo y un poco también por temor, empezó a correr lo más rápido que pudo, porque debía dar la noticia, debía comunicar lo antes posible el acaecimiento. Nada la detendría, ella sabía lo que acababa de suceder y si por algo había pisado el mundo principalmente era para esto: para dar cuenta de las manifestaciones, desde pequeña se lo había inculcado y lo aprehendió.  

2

-          ¡Ooooh! – exclamaron elevando los brazos cincuenta ancianos alrededor de una gran llama de fuego.
Algunos eran hombres, había otros que eran mujeres, todos sobrepasaban los dos  mil años de edad, y vestían con túnicas de vivos colores. Sus rostros con muchas arrugas, algunos de tez trigueña y retacones, otros un poco más erguidos, aunque también jorobados, de tez amarillenta, de tez blanca. Después de la exclamación grupal la llama se extinguió, y unos gruesos troncos carbonizados echaban chispas. Los ancianos se fueron dispersando, pero sin salir de la habitación. Tenían los rostros sonrientes, iban y venían, charlaban con unos y con otros, y mientras, iban comiendo y bebiendo los refrigerios dispuestos en la larga mesa, preparados por ellos mismos antes de comenzar con el ritual profético. Los cincuenta ancianos estaban dentro de una habitación de forma ovoide, las paredes eran color marrón oscuro con diversas gemas de piedra cortadas en mitad, cuando descubrieron esa caverna quinientos años atrás de este día. 
El más anciano de todos, un hombre alto y robusto, pero de protuberante estómago, de rostro redondeado, nariz ancha y tez trigueña, que llevaba el cabello largo y suelto, fue despacio, pacito a pacito, hasta el otro lado de la mesa, se sentó en un sillón construido con troncos naturales, palmeó las manos y el plac-plac hizo que todos
lo miraran y se vayan acomodando alrededor de la mesa. Aunque seguían comiendo y  bebiendo, todos prestaban su atención al anciano mayor.
-          Uf… ¿cómo empezar? Si alguien me quiere ayudar es bienvenido – dijo con
-          cascosa voz el más anciano, y les sonrió.
-          Lo hemos visto, ¿no? ¿Vimos el renacer de los Elementos Primordiales? – habló  una de las ancianas, llevaba el cabello recogido en un rodete y unas gafas sin patillas, también era morocha.
-          Y a mí me parece que sí, Ayelem, ¡ja, ja, ja! – y el más anciano río con fuerza, a lo que los demás se le sumaron, todos reían muy alegres, estaban muy felices.
-          Ah… - echó un suspiro al aire y prosiguió – Bueno compañeros, se preguntarán ¿y ahora, y ahora qué hacemos, cómo siguen las cosas?
Ahora tenían las caras muy serias, el momento de las risas acabó.
-          Bien… como ya todos sabemos, las profecías son sólo una parte de la realidad total, o sea…
-          O sea que lo que vimos puede no ocurrir – terminó diciendo un anciano de rostro largo y nariz afilada y pequeña.
-          Así es – siguió el más anciano -. Pero, si queremos, podemos crear la realidad para que las cosas se den de la mejor manera – y adelantó su tronco a la mesa como abalanzándose y colocó sus codos sobre ella - . Si la profecía se cumple, al menos uno de nosotros debe quedar en pie defendiendo a los Numerosos. De esta manera, si los elementos primordiales despiertan, la Magia Blanca podrá tener chance de ser la vencedera en esta larga guerra. Al menos debemos hacer el intento – y se volvió hacia su respaldo - ¿Cuáles son las últimas noticias, John? – preguntó después.
-          Han capturado a Simplem, la niña superdotada.
Al oírlo, todos, inclusive el más anciano, se taparon el rostro con las arrugadas manos, algunos movían la cabeza de lado a lado, y otros directamente insultaban y maldecían en voz alta.
-          Sí Zilti, es lamentable – prosiguió John - . Las noticias dicen que Óctubeus destruyó toda la comarca, no dejó a nadie en pie, ¡a nada en pie! Y se llevó a la niña de sólo tres meses.
-          ¿Quién te ha dado las noticias?
-          El Elfo, el jovencillo Elfo Marakzamet – oído ese nombre, la mayoría  expresó repulsión, y empezaron a gritar que cómo podía ser, que cómo vamos a confiar en ese Elfo, que eso no es una fuente.
-          ¡Basta, basta! ¡Tranquilidad! – elevó la voz el más anciano, su nombre era Zilti – Está muy bien la fuente, John, se agradece – le dijo haciendo un ademán con la cabeza como una reverencia – Debemos confiar en Marakzamet, es un buen ser, es un buen Elfo, y aunque joven aún, es completamente distinto a su familia, se los aseguro, ¡y que me corten las manos si no! Gracias a él ahora sabemos que Óctubeus capturó a la niña superdotada, a la muestra que la Magia no es algo para algunos. ¡Oh, pobre niñita…! – susurró con tristeza – Oh… ¡ese rapaz me las pagará, no veo la hora de tenerlo frente a mí! Esa niña tiene una gran magia, son impresionantes las capacidades mágicas con que ha nacido. 
-          ¿Y por qué no vamos a rescatarla? – consultó una de las ancianas.
-          Oh no… No, compañera, eso sería cavar nuestra propia tumba. No subestimemos a Óctubeus, no pensemos que se lo vence así como así, es el mago más poderoso.
-          ¡Pero Zilti, usted, usted lo es! – exclamó otro anciano.
-          Mis queridos compañeros, ¡vamos, hay que asumirlo! Yo estoy ya muy viejo, mi cuerpo está ya muy cansado. Creo yo que si elevo mi magia al máximo, mi cuerpo no lo resistirá… Pero para eso están ustedes, alumnos, seguidores, amigos, compañeros – y les sonrió a todos bondadoso – Yo fui el mago más poderoso antes que la vejez extrema me esté pisando los talones, ahora, Óctubeus ocupa ese lugar, ¿y entonces por qué sino el mundo humano está a sus andanzas? Hasta ahora los Avanzados han prevalecido en poder, pero esta profecía que hemos hecho, nosotros, los Magos de la Caverna, me enciende el corazón; esa luz prismática que todo lo llena, esa gran luz que hemos visto… Me dice que hay esperanza – hizo una corta pausa, se puso serio, bebió algo de vino y dijo - . Quién sabe para qué planes nefastos, pero Óctubeus ha cometido un gran error en capturar a esa niña. Esa niña, Simplem, yo la tuve en mis brazos, compañeros, y les afirmo que su magia es blanca como la luz lunar, es, es, es… Magia Blanca como nunca he sentido… Ahora redactemos lo acontecido.
Y Zilti se incorporó con dificultad, caminó muy despacio hasta un cofre muy  grande, y pronunciando palabras en un extraño idioma por lo bajo, lo abrió. Se agachó lento y del cofre sacó una funda aterciopelada, la abrió aflojando el cordel y extrajo un libro. Luego volvió hasta su sillón, se sentó, y abrió el libro hasta encontrar un pergamino liso, sin escritura. Uno de los magos le pasó una pluma y tinta, mojó la pluma y escribió en el pergamino con letra estilizada.
El título era “La Profecía de los Elementos Primordiales”. Y dando pie a que todos comiencen, empezaron a recitar la profecía al unísono, actuando como un organismo, todos decían lo mismo, y el rejunte de voces creó una poderosa y resonante voz. Y al compás del dictado, Zilti agilizó la pluma y escribió en el pergamino.




A. M. 

Capítulos siguientes: publicación mensual formato online desde Blog y Web de la autora. 
Info sobre publicaciones por Twitter y Facebook.

miércoles, 29 de mayo de 2013

La curiosidad No mató al gato


Les seres humanos se dicen curiosos y entrometidos. Tienen dichos populares como por ejemplo “la curiosidad mató al gato”, ¿mató al gato? ¡Qué drásticos son! ¿Acaso la curiosidad es una cualidad tan nefasta como para desembocar en la muerte, o en realidad se usa de chivo expiatorio para enmascarar la causa verdadera?

Les voy a contar la historia de un hombre común, bueno, lo que se diga LA HISTORIA, no, porque de cuento este relato se transformaría en una larga, y por cierto, tediosa novela. Sólo remitiré a la única vivencia excepcional.
Su nombre completo era José Luis Carmelo, hijo de Pedro Alberto, que a su vez era el hijo del anterior José Luis, y podría seguir cinco generaciones hacia atrás, que es hasta donde se remonta eso que llaman “el linaje familiar” o “el árbol genealógico”..., pero no hace a la historia que quiero contarles.
Vivía en una pequeña aldea del norte de lo que llaman España, y su lugar en la sociedad era lo que llaman “campesino”. Sus días eran rutinarios: qué hacer en el granero, ver cuántos huevos pusieron las gallinas, ir a buscar algo de leña para no pasar frío y para poder cocinar, atender la huertilla, y cuando alguno de los hermanos mayores caía enfermo, era su deber ir a sustituirlo a la mina local. Con veintidós años ya habían sido tres mil ochocientas cuarenta y seis veces las jornadas en la mina. Jornadas que nunca se sabía cuánto iban a durar, ni quién iba a ser el nuevo herido, o hasta fallecido… hoy le tocaba a él.
Resultó ser que el hermano del medio, Anastasio José Manuel, se pescó uno de esos resfríos que desembocan en pulmonía cuando no se tienen remedios adecuados y acceso a un médico; la tos pasó de leve a espasmódica y dolorosa. Entonces José Luis Carmelo se puso la ropa de Anastasio, sucia del roce diario con el carbón, y rotosa por el tiempo que no la cambiaban, y partió rumbo a la mina. Llegó a las siete de la mañana, saludó a los compañeros y los puso al tanto de la situación.
Y comenzaron las tareas: lo bajaron por el andamio considerables metros, con una lámpara que funciona a base de alcohol (y después por qué ocurren las desgracias...) en una mano, y el pico en la otra. La soga hizo tope y él bajó pisando el áspero suelo del estrecho túnel. “Tac-tac-tac”, empezó a golpear las paredes para extraer el mineral. “Tac-tac-tac”, una y otra vez. El aire abajo le era denso, así y todo, siguió y siguió picando, las manos le ardían y en la cintura y los hombros creía sentir a una colonia de hormigas mordisqueándole. Para entonces ya había estado metido tres horas continuas, es decir, una insignificancia de tiempo proyectado sobre el promedio de las jornadas. Estaba solo, porque hasta ese momento el túnel era tan angosto que sólo entraba una persona menuda y de hasta 1,70 mts.
Prosiguió con la tarea hasta estar decidido a tomar un “respiro”, sentar no se podía sentar, por ello permaneció parado, pero con el pico en descanso. Y es cuando ocurrió lo que disparó su curiosidad, porque empezó a oír un zumbido letárgico; prestó más atención, agudizó el sentido y pudo reformular la idea, no era un zumbido, era un siseo. - ¿Acaso había una víbora ahí? - se preguntó en la mente. Empezó a sentir miedo, porque el siseo no desaparecía, todo lo contrario, lo oía más intenso (¿de dónde coños viene eso?). ¡Oh sí! A pesar del miedo, no quiso quedarse con la duda. Cerró los ojos para guiarse por la audición, apoyó una oreja sobre la rocosa pared y se empezó a desplazar, con las manos, mejilla y oreja derechas pegadas en las paredes de mineral, (¡es aquí!). Nada más tuvo que levantar el pico y empezó a darle fuertes golpes al punto hallado, llevaba para atrás el pico y lo descargaba con exuberante fuerza en la piedra. Y entonces una porción se desplomó y a través del recoveco creado y usando la lámpara pudo dar con el siseador, nada más y nada menos que...
¿Un dragón? (¡Oh sí, la gran puta, es un dragón!). Pero ¿qué hace un dragón aquí, cómo podía estar vivo?, pensó. Porque estaba vivo, sino cómo podía estar mirando con enormes ojos ámbar de pupila vertical, y cómo podía estar exhalando vapor por sus fauces, mejor dicho, si no estaba vivo cómo podía haber agitado las amplias alas, se le pasó por la mente como un rayo de luz cuando alumbró con la lámpara a través del hueco. Y escuchó más que un siseo, escuchó en su mente resonar una voz grave e imponente.
-   Buenas humano, me has encontrado - escuchó decir al dragón de escamas rojo fuego, hecho que lo hizo gritar de miedo - ¡No, no, no, le suplico, no me hagáis daño, no le haré nada, no hablaré, no diré que le he visto, por favor...! - dijo con la cara colorada y llena de sudor.
-    No hace falta que gimas - volvió a escuchar en la mente -, pues no te haré ningún daño, no me interesa dañar a los que no tienen intenciones de cazarme - sentía resonar en su cabeza -. Soy Rigardo y tengo la cualidad de responder cinco preguntas que tú quieras hacerme. Son cinco porque hoy me gusta ese número, no porque sea una especie de genio de las botellas - y vio cómo aceleraba y espiaba con su ojo ofidio por el hoyo - ¿Quieres preguntar...?
Contra la otra pared pensaba en si seguir la “charla” con el dragón o gritar y aventar la piedra que llevaba en un bolsillo para que lo suban, pero al final, visto y considerando que el dragón confesó no hacerle daño, pensó que sería una buena oportunidad para sacarse algunas dudas, y entonces, empezó a interrogar.
-      ¿Tú vives aquí? - fue su primer pregunta.
 Vio al dragón alejarse del agujero y otra vez volvía a verlo de cuerpo entero, ¡sí que era majestuoso!, pensó.
-    Sí, me gustan las cavernas, de vez en cuando salgo por un túnel secreto que yo mismo     escavé - oyó la respuesta en la mente.
-     Eres bueno? - fue la segunda.
-    Nadie es bueno, las acciones dependen del contexto en que se efectúen. La bondad es una apreciación humana, lo mismo que la maldad, son ustedes los que crean esos conceptos, así que según el humano que se enfrente conmigo, me percibirá como bueno o como malo - y le pareció verlo sonreír, pero nada más era su enfoque visual -. Te quedan tres.
-    ¿Por qué pensamos que no existen?
-   Si te refieres a los dragones, como ustedes nos llaman… Porque los dragones decidimos desaparecer de su panorama, porque nos han cazado, perseguido y maltratado en demasía. Pero de vez en cuando yo busco que me encuentre algún humano pacífico con el que poder dialogar.
El miedo había desaparecido, se sentía muy cómodo, hasta por momentos empezaba a olvidarse que la voz entraba por la mente y que estaba charlando con un dragón.

-    Mi cuarta pregunta es... ¿cuántos años viviré? - y otra vez vio al dragón aproximarse y espiar por el hueco - Acércate y te diré -. Él se acercó seguro y sintió a la lengua bífida del dragón pasar por su frente – Mjm, ¿quieres saberlo?
-     Claro.
-     Vivirás veintidós años, te queda una sola pregunta.
-    ¿¡Veintidós, cómo puede ser posible!? - exclamó impulsivo sin dar cuenta que así había pronunciado su última pregunta.
-     Tu capataz, como ustedes le dicen al que los manda aquí, se ha olvidado que estás aquí, tus pulmones no son suficientes para aguantar el dióxido de carbono y terminarás sofocado. Te quedarás dormido y en tres días encontrarán tu cuerpo. Lo lamento mucho, me caes bien, José Luis Carmelo.
-   Me has sorprendido, nunca imaginé estar con un dragón, ¡ostias, qué eres un dragón!
-     Me gustan los curiosos, los que quieren ver más, los que atraviesan obstáculos - lo oyó confesar -, no pienses que mueres por tu culpa, sé qué estás creyendo eso. El problema radica en la inoperancia de tu capataz, como le dicen a ese tipo que ahora está cerrando la mina y se ha olvidado que quedó un ser de su propia especie.
-    Siento irme, siento flotar, no me siento... - y cerró los ojos, esos ojos que vieron al dragón Rigardo.

¿Cuándo será el día que ellos cambien?, pensé para mi dentro, y con magia exhalada de mis fauces hice el fuego destellante y violeta que volvió a sellar la pared detrás de la que me escondo.
¡Pobre muchacho!, pensé durante varios días, porque luego de que los de su especie se dignaran a bajar y sacarlo del túnel, la tierra y los gusanos fueron su última compañía, pues su humilde familia depositaba toda la atención en salvar de la peste al integrante enfermo, para que otro hijo no muera.
Quién sabe cuánto tiempo tendré que esperar hasta ubicar otro humano de buen corazón con quien compartir mis saberes y así, tener la oportunidad de contarles una historia más esperanzadora y alegre. Por el momento me enroscaré en mi cueva hasta vislumbrarlo.

A.M.

sábado, 18 de mayo de 2013

Los amigos del charco



Sentir, y nos damos cuenta que estamos vivos…

Más allá de ser un pequeño mimado en la casa, no pasaba lo mismo en la escuela. 
No era un niño diestro en las matemáticas, tampoco para la literatura. En Educación Física parecía ser que las hormonas de sus compañeros explotaban transformándose en el hazme reír de todos; en cierta forma daba asco, pues sabía que era muy torpe con el cuerpo y lo dificultosos que se le tornaban los deportes. Él era un niño soñador y de poco habla, se trataba con pocos compañeros, porque la mayoría lo cargaban por ser así como era.
Pero sí disfrutaba del dibujo. Desde que su memoria empieza recuerda lo gustoso que es dibujar. Se recuerda con crayones en las dos manos rodeado por hojas de papel, las témperas, pinceles, acuarelas, la lata de lápices… es lo que más le gustaba hacer y lo que mejor sabía hacer. Por tanto su materia favorita era Plástica y Dibujo.
La tarde anterior al suceso, en la salida de clases, estaba yendo a saludar a su madre y de pronto, pasaron corriendo a su espalda dos de los alumnos más insoportables de Cuarto, esos que se creen mucho por ser un año más grande que uno, y al grito de “¡quemado!” lo empujaron. Él se tropezó con una baldosa levantada, y cayó de cara en el charco enlodado. Esa mañana había llovido y todavía persistía la humedad en el aire. Aunque su mamá les gritó llamándolos, se fueron riendo y se perdieron en la multitud de padres, madres y alumnos. Estaba todo enchastrado de barro, hasta sentía gusto a barro, un asco.
Al otro día, luego de pasar una tarde-noche de mal humor y sin apetito, y de amanecer ensimismado más callado que nunca, llegó la hora de Plástica y Dibujo. Entró al aula la joven maestra tan sonriente como siempre, saludó al grado, todos la saludaron, dejó la cartera y la bolsa grande en el escritorio, agarró una tiza amarilla y escribió en el pizarrón al mismo tiempo que lo leía “Dibujarnos afuera de la escuela”.
-  Hoy se van a dibujar a ustedes afuera de la escuela – dijo la señorita Estella Maris – Puede ser en cualquier lugar que ustedes quieran, pero tiene que ser afuera de la escuela, ¿entendieron chicos?
- ¡Sí, señorita! – respondió todo el grado al unísono.
Se sintió inspirado. No tardó ni un segundo en pensar lo que iba a dibujar, lo que iba a crear. Concentrado fue plasmando en la hoja de carpeta de dibujo n°5 el dibujo del día. Primero a lápiz, luego lo coloraría en gama de verdes, marrones, rojizos, amarillos y naranjas. Ya finalizando, repasó con el lápiz color negro acentuando detalles seleccionados, sombreó usando el dedo índice derecho, el de la mano desocupada, y obtuvo su creación.
- ¡Señorita Estella Maris, ya terminé! – la llamó.
- ¡Cállate orate! – le dijo Facundo haciéndose el Homero Simpson. Varios se rieron.
- ¡Facundo Iriarte, terminala! – le llamó la atención la señorita Estella Maris.
La maestra se acercó a su pupitre y él le dio el dibujo. Vio la cara de la señorita de Plástica y Dibujo asombrarse, no la vio feliz como siempre que le mostraba uno de sus dibujos, más bien parecía estar… ¿asustada? ¿Tenía miedo, la señorita Estella Maris tenía miedo? Y le habló.
-  Joaquín… ¿Qué es este dibujo…?
- Estamos afuera de la escuela, señorita – respondió dejando oír su vocecita de pequeño.
-  ¿Quiénes son esos, Joaquín?
-  Son mis amigos, señorita
-  Tus amigos… ¿desde cuándo?
-  Desde ayer, nos conocimos ayer en la puerta de la escuela. ¿La puerta de la escuela es la escuela, está mal el dibujo?
-  Es que… no, no es eso… la puerta es afuera de la escuela, está bien – la notó algo confundida también - , ¿estás seguro que estos son tus amigos, Joaquín?
-  Sí
En eso se oyó la voz de otra de las alumnas solicitando a la maestra.
- Ya voy, esperame un momentito – y le habló de nuevo a Joaquín – Mirá Joaquín, este dibujo que hiciste es bastante violento, ¿está todo bien en tu casa? Si querés podemos ir al pasillo y hablamos.
-  Está todo bien en mi casa, ¿por qué tiene miedo, señorita?
- ¿Qué son estos bichitos que dibujaste? – le preguntó señalando con el dedo los personajes que estaban saliendo del charco de la puerta de la escuela.
- No son bichitos, son mis amigos, y se llaman duendes.
Sonó el timbre del recreo, y como es costumbre, todos los alumnos dejaron sus tareas a un lado y salieron como rayos para el patio. Cuando él se puso de pie para salir del aula, la maestra lo agarró de la muñeca suavemente.
- Joaquín, tengo que hablar con tus padres por este dibujo, por favor, dame tu cuaderno de comunicaciones.
- Ellos no van a poder venir a la escuela.
- No te preocupes, siempre se puede acordar un horario. Por favor, dame tu cuaderno.
- Como quiera, pero ellos no van a poder venir a la escuela – y con el cuaderno entre los brazos parado como una estatua, le fijo sus ojos azabache – Mis amigos van a venir a buscarme hoy… - le entregó el cuaderno intercambiándolo por su dibujo, y rápido salió corriendo con la hoja de carpeta impregnada de su creación.
Escuchó los gritos de la maestra aclamando su nombre, pero ya no le importaba. Sus amigos iban a pasar a buscarlo. Huyó escondiéndose en el cuarto de limpieza entre los guardapolvos rosas y verde agua, y aguardó hasta que fue preciso.
Transcurridas dos horas, y sin ser encontrado, aunque por poco y la maestra de Quinto lo logra, escuchó el timbre de salida, y luego gritos. Oyó como todos gritaban de miedo, que corrían llevándose cosas por delante, ruidos de portazos, piques y piques de las pelotas del armario de gimnasia, y también los oía a ellos, a sus amigos. Pasó un rato, bastante corto en su percepción del tiempo, y los gritos y ruidos pararon. Entonces, vio cómo las manos rugosas, igual a como se las había dibujado, corrieron los guardapolvos. En una lengua extraña que sonaba como la madera partida, le hablaron. Sí, eran sus cinco amigos, los duendes del charco enlodado donde se había caído, a donde lo habían empujado los abusivos de Cuarto. Le hicieron seña para que salga del ropero, y dos lo tomaron de las manos, uno de cada lado. Eran bajitos, a Joaquín le llegaban al hombro que era un niño flaquito y bajo, y eran iguales a como los había imaginado, como seres salidos del barro, de caras sonrientes, de piel rugosa, medio encorvados.
Habían atemorizado a toda la escuela, habían hecho una pequeña travesura. Y ahora estaban vivos. 
A. M.

sábado, 11 de mayo de 2013

La Fisgona


Primera Parte: Ahogo.

Se siente plácido, me encuentro nadando en una amplia piscina de natación. Nado estilo crol, nado de espaldas, también intento con el nado mariposa, pero no me sale tan bien. El ambiente se siente cómodo, es un lugar que parece ser algún club con pileta olímpica, el olor a cloro se impregna en mi olfato.
Pero empiezo a sentir que hay algo que no está bien, el agua empieza a sentirse pesada, espesa… Es entonces que me da curiosidad saber por qué no estoy sintiendo el ambiente cómodo como hasta ese momento, miro alrededor, y encuentro la respuesta: ahora nado en un manantial de sangre.
        Ya no hay olor a cloro, hay olor a sangre, un olor que puedo describir mezcla metalizado y mezcla putrefacción. Las aguas color rojo profundo me empiezan a envolver, y yo empiezo a impacientarme, me asusto, me asusta la pileta de sangre. Intento nadar implementando todo tipo de braceos y pataleos, para llegar lo antes posible al borde, pero de forma progresiva, mi cuerpo no se mueve. La espesa sangre comienza a inmiscuirse por mi boca, intento gritar y, una y otra vez, arrojo braceos desesperados y me salpico el rostro, en vano exhalo un alarido; allí no hay nadie, tampoco las palabras me salen. Empiezo a ingerir e ingerir esa pesada sangre, “¿la respiración?” pensé, porque quería inhalar un poco de aire, y no podía. No siento estar respirando a pesar de intentarlo.
       Y cuando estaba a punto de hundirme en el mar sanguinolento, la vi por primera vez. Desde el ventanal del pasillo que conecta los vestuarios con la pileta, me miraba ahogarme en sangre una niña como mucho de siete años, de cabello castaño, largo y lacio, pálida. Vestida, por lo que llegué a ver, con un jardinero y camisa de manguitas abuchonadas.
     A pesar de intentarlo una y otra vez, no pude respirar… la fuerza me abandonó, el cansancio saturó mi cuerpo, y mientras ella continuaba avistándome sin expresión alguna, las olas de sangre me envolvieron y me ahogué.


Segunda Parte: Regurgitación.

Tenía que haber sido un sueño, más que sueño, una nefasta pesadilla, de esas que sentís tanto que te parecen reales, porque hasta sentís olor. Sí, fue una pesadilla, qué bueno, claro, cómo podía ser verdad, qué tontería, nadar en sangre, fui pensando mientras me dirigía al baño. Con tranquilidad, entré. Pero otra vez había algo que no encajaba con mis parámetros de “baño de mi casa”. Así y todo, entré. Crucé el umbral y ahora estaba ahí: era todo blanco, los sanitarios, los azulejos, la bañera, la cortina, el interruptor, los enchufes, todo blanco, excepto la grifería que brillaba, al parecer era de bronce. Miré un poco más y me di cuenta que efectivamente ese no era mi baño, resultaba ser más antiguo y lujoso, y cuando logré razonarlo un vuelco estomacal me dobló a la mitad, retorcijones inaguantables hicieron que me abrace el vientre. De golpe me tumbé sobre el inodoro: sangre. Mis ojos veían chorros y chorros de sangre manchando el interior del inodoro, después empezaron a salpicar el borde y el piso, también las baldosas blancas.
Se me estruja el estómago y vomito sangre, se estruja mi estómago y otra vez vomito espesa sangre. Sin parar, emanaciones de sangre. Huelo sangre coagulada, y veo baldosas salpicadas de rojo. Me intento limpiar la boca con las manos, pero me las mancho, entonces dejo marcas borrosas de mis dedos en la parte interior de la tapa del inodoro que había levantado antes de volcarme, y también en los azulejos, después de haberme apoyado al intentar incorporarme, en vano.
En esa intensa y enferma situación, siento que me están viendo, me volteo mareado para mirar hacia la puerta, y otra vez, ahí parada sin expresión, pálida y vestida con el jardinero de jean y la camisa de magas abuchonadas color blanca con florcitas rosas y cuello de volados; la niña de aire siniestro me estaba observando.
-    ¿Estás bien? - me dice de pronto con su voz aniñada aguda.
-    Sí - atiné a responderle, porque sentía que esa era la verdad, me sentía mejor.
Y en silencio la siniestra niña me cautivaba, mientras la sangre se salía de mis entrañas. Los dolores, aunque persistían, iban siendo más leves.


Tercera Parte: Regreso.

Sábanas, calidez, oscuridad.
Abrí de golpe los ojos y vi el techo de mi cuarto. Estaba transpirado, las sábanas estaban húmedas. Sentí que el corazón me latía a mil por hora. Recordando las pesadillas, me palpé la boca, los dientes, la lengua, y después de mirarme las manos, me di cuenta que ya había despertado, todo había concluido, al fin, otra vez en la realidad. Ese pensamiento me alivió y dejé de transpirar. Tenía la boca seca, por eso decidí servirme un poco de agua.
Me levanté de la cama y fui directo a la cocina, llegué, y encendí la luz. Un espasmo de un temor indescriptible me paralizó, porque allí, extendiendo un brazo ofreciéndome un vaso con sangre, estaba la siniestra niña.

A. M.

jueves, 9 de mayo de 2013

La Fantasía



Sensación de libertad,
sensación de expansión,
sensación de creación,
sensación de lo imposible.
 Para los niños y adultos,
para los que se niegan a la sumisión de lo real,
a la opacidad de la vida cotidiana,
al envejecimiento del ser.
El mundo de lo imposible se convierte en posibilidad tangible,
los miedos se vencen,
las alas de la liberación se abren,
y las cadenas opresoras son quebrantadas.
Fantasía e imaginación,
hacedoras de todas las posibilidades pensadas,
creadoras de lo soñado,
¡oh, no dejes que te las chupen!
El mundo opaco de lo real,
pies cansados y mentes turbadas,
alienación del espíritu creativo y autogestivo,
te las han arrebatado suplantándotelas por las tristes.
A. M.