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miércoles, 29 de mayo de 2013

La curiosidad No mató al gato


Les seres humanos se dicen curiosos y entrometidos. Tienen dichos populares como por ejemplo “la curiosidad mató al gato”, ¿mató al gato? ¡Qué drásticos son! ¿Acaso la curiosidad es una cualidad tan nefasta como para desembocar en la muerte, o en realidad se usa de chivo expiatorio para enmascarar la causa verdadera?

Les voy a contar la historia de un hombre común, bueno, lo que se diga LA HISTORIA, no, porque de cuento este relato se transformaría en una larga, y por cierto, tediosa novela. Sólo remitiré a la única vivencia excepcional.
Su nombre completo era José Luis Carmelo, hijo de Pedro Alberto, que a su vez era el hijo del anterior José Luis, y podría seguir cinco generaciones hacia atrás, que es hasta donde se remonta eso que llaman “el linaje familiar” o “el árbol genealógico”..., pero no hace a la historia que quiero contarles.
Vivía en una pequeña aldea del norte de lo que llaman España, y su lugar en la sociedad era lo que llaman “campesino”. Sus días eran rutinarios: qué hacer en el granero, ver cuántos huevos pusieron las gallinas, ir a buscar algo de leña para no pasar frío y para poder cocinar, atender la huertilla, y cuando alguno de los hermanos mayores caía enfermo, era su deber ir a sustituirlo a la mina local. Con veintidós años ya habían sido tres mil ochocientas cuarenta y seis veces las jornadas en la mina. Jornadas que nunca se sabía cuánto iban a durar, ni quién iba a ser el nuevo herido, o hasta fallecido… hoy le tocaba a él.
Resultó ser que el hermano del medio, Anastasio José Manuel, se pescó uno de esos resfríos que desembocan en pulmonía cuando no se tienen remedios adecuados y acceso a un médico; la tos pasó de leve a espasmódica y dolorosa. Entonces José Luis Carmelo se puso la ropa de Anastasio, sucia del roce diario con el carbón, y rotosa por el tiempo que no la cambiaban, y partió rumbo a la mina. Llegó a las siete de la mañana, saludó a los compañeros y los puso al tanto de la situación.
Y comenzaron las tareas: lo bajaron por el andamio considerables metros, con una lámpara que funciona a base de alcohol (y después por qué ocurren las desgracias...) en una mano, y el pico en la otra. La soga hizo tope y él bajó pisando el áspero suelo del estrecho túnel. “Tac-tac-tac”, empezó a golpear las paredes para extraer el mineral. “Tac-tac-tac”, una y otra vez. El aire abajo le era denso, así y todo, siguió y siguió picando, las manos le ardían y en la cintura y los hombros creía sentir a una colonia de hormigas mordisqueándole. Para entonces ya había estado metido tres horas continuas, es decir, una insignificancia de tiempo proyectado sobre el promedio de las jornadas. Estaba solo, porque hasta ese momento el túnel era tan angosto que sólo entraba una persona menuda y de hasta 1,70 mts.
Prosiguió con la tarea hasta estar decidido a tomar un “respiro”, sentar no se podía sentar, por ello permaneció parado, pero con el pico en descanso. Y es cuando ocurrió lo que disparó su curiosidad, porque empezó a oír un zumbido letárgico; prestó más atención, agudizó el sentido y pudo reformular la idea, no era un zumbido, era un siseo. - ¿Acaso había una víbora ahí? - se preguntó en la mente. Empezó a sentir miedo, porque el siseo no desaparecía, todo lo contrario, lo oía más intenso (¿de dónde coños viene eso?). ¡Oh sí! A pesar del miedo, no quiso quedarse con la duda. Cerró los ojos para guiarse por la audición, apoyó una oreja sobre la rocosa pared y se empezó a desplazar, con las manos, mejilla y oreja derechas pegadas en las paredes de mineral, (¡es aquí!). Nada más tuvo que levantar el pico y empezó a darle fuertes golpes al punto hallado, llevaba para atrás el pico y lo descargaba con exuberante fuerza en la piedra. Y entonces una porción se desplomó y a través del recoveco creado y usando la lámpara pudo dar con el siseador, nada más y nada menos que...
¿Un dragón? (¡Oh sí, la gran puta, es un dragón!). Pero ¿qué hace un dragón aquí, cómo podía estar vivo?, pensó. Porque estaba vivo, sino cómo podía estar mirando con enormes ojos ámbar de pupila vertical, y cómo podía estar exhalando vapor por sus fauces, mejor dicho, si no estaba vivo cómo podía haber agitado las amplias alas, se le pasó por la mente como un rayo de luz cuando alumbró con la lámpara a través del hueco. Y escuchó más que un siseo, escuchó en su mente resonar una voz grave e imponente.
-   Buenas humano, me has encontrado - escuchó decir al dragón de escamas rojo fuego, hecho que lo hizo gritar de miedo - ¡No, no, no, le suplico, no me hagáis daño, no le haré nada, no hablaré, no diré que le he visto, por favor...! - dijo con la cara colorada y llena de sudor.
-    No hace falta que gimas - volvió a escuchar en la mente -, pues no te haré ningún daño, no me interesa dañar a los que no tienen intenciones de cazarme - sentía resonar en su cabeza -. Soy Rigardo y tengo la cualidad de responder cinco preguntas que tú quieras hacerme. Son cinco porque hoy me gusta ese número, no porque sea una especie de genio de las botellas - y vio cómo aceleraba y espiaba con su ojo ofidio por el hoyo - ¿Quieres preguntar...?
Contra la otra pared pensaba en si seguir la “charla” con el dragón o gritar y aventar la piedra que llevaba en un bolsillo para que lo suban, pero al final, visto y considerando que el dragón confesó no hacerle daño, pensó que sería una buena oportunidad para sacarse algunas dudas, y entonces, empezó a interrogar.
-      ¿Tú vives aquí? - fue su primer pregunta.
 Vio al dragón alejarse del agujero y otra vez volvía a verlo de cuerpo entero, ¡sí que era majestuoso!, pensó.
-    Sí, me gustan las cavernas, de vez en cuando salgo por un túnel secreto que yo mismo     escavé - oyó la respuesta en la mente.
-     Eres bueno? - fue la segunda.
-    Nadie es bueno, las acciones dependen del contexto en que se efectúen. La bondad es una apreciación humana, lo mismo que la maldad, son ustedes los que crean esos conceptos, así que según el humano que se enfrente conmigo, me percibirá como bueno o como malo - y le pareció verlo sonreír, pero nada más era su enfoque visual -. Te quedan tres.
-    ¿Por qué pensamos que no existen?
-   Si te refieres a los dragones, como ustedes nos llaman… Porque los dragones decidimos desaparecer de su panorama, porque nos han cazado, perseguido y maltratado en demasía. Pero de vez en cuando yo busco que me encuentre algún humano pacífico con el que poder dialogar.
El miedo había desaparecido, se sentía muy cómodo, hasta por momentos empezaba a olvidarse que la voz entraba por la mente y que estaba charlando con un dragón.

-    Mi cuarta pregunta es... ¿cuántos años viviré? - y otra vez vio al dragón aproximarse y espiar por el hueco - Acércate y te diré -. Él se acercó seguro y sintió a la lengua bífida del dragón pasar por su frente – Mjm, ¿quieres saberlo?
-     Claro.
-     Vivirás veintidós años, te queda una sola pregunta.
-    ¿¡Veintidós, cómo puede ser posible!? - exclamó impulsivo sin dar cuenta que así había pronunciado su última pregunta.
-     Tu capataz, como ustedes le dicen al que los manda aquí, se ha olvidado que estás aquí, tus pulmones no son suficientes para aguantar el dióxido de carbono y terminarás sofocado. Te quedarás dormido y en tres días encontrarán tu cuerpo. Lo lamento mucho, me caes bien, José Luis Carmelo.
-   Me has sorprendido, nunca imaginé estar con un dragón, ¡ostias, qué eres un dragón!
-     Me gustan los curiosos, los que quieren ver más, los que atraviesan obstáculos - lo oyó confesar -, no pienses que mueres por tu culpa, sé qué estás creyendo eso. El problema radica en la inoperancia de tu capataz, como le dicen a ese tipo que ahora está cerrando la mina y se ha olvidado que quedó un ser de su propia especie.
-    Siento irme, siento flotar, no me siento... - y cerró los ojos, esos ojos que vieron al dragón Rigardo.

¿Cuándo será el día que ellos cambien?, pensé para mi dentro, y con magia exhalada de mis fauces hice el fuego destellante y violeta que volvió a sellar la pared detrás de la que me escondo.
¡Pobre muchacho!, pensé durante varios días, porque luego de que los de su especie se dignaran a bajar y sacarlo del túnel, la tierra y los gusanos fueron su última compañía, pues su humilde familia depositaba toda la atención en salvar de la peste al integrante enfermo, para que otro hijo no muera.
Quién sabe cuánto tiempo tendré que esperar hasta ubicar otro humano de buen corazón con quien compartir mis saberes y así, tener la oportunidad de contarles una historia más esperanzadora y alegre. Por el momento me enroscaré en mi cueva hasta vislumbrarlo.

A.M.

sábado, 18 de mayo de 2013

Los amigos del charco



Sentir, y nos damos cuenta que estamos vivos…

Más allá de ser un pequeño mimado en la casa, no pasaba lo mismo en la escuela. 
No era un niño diestro en las matemáticas, tampoco para la literatura. En Educación Física parecía ser que las hormonas de sus compañeros explotaban transformándose en el hazme reír de todos; en cierta forma daba asco, pues sabía que era muy torpe con el cuerpo y lo dificultosos que se le tornaban los deportes. Él era un niño soñador y de poco habla, se trataba con pocos compañeros, porque la mayoría lo cargaban por ser así como era.
Pero sí disfrutaba del dibujo. Desde que su memoria empieza recuerda lo gustoso que es dibujar. Se recuerda con crayones en las dos manos rodeado por hojas de papel, las témperas, pinceles, acuarelas, la lata de lápices… es lo que más le gustaba hacer y lo que mejor sabía hacer. Por tanto su materia favorita era Plástica y Dibujo.
La tarde anterior al suceso, en la salida de clases, estaba yendo a saludar a su madre y de pronto, pasaron corriendo a su espalda dos de los alumnos más insoportables de Cuarto, esos que se creen mucho por ser un año más grande que uno, y al grito de “¡quemado!” lo empujaron. Él se tropezó con una baldosa levantada, y cayó de cara en el charco enlodado. Esa mañana había llovido y todavía persistía la humedad en el aire. Aunque su mamá les gritó llamándolos, se fueron riendo y se perdieron en la multitud de padres, madres y alumnos. Estaba todo enchastrado de barro, hasta sentía gusto a barro, un asco.
Al otro día, luego de pasar una tarde-noche de mal humor y sin apetito, y de amanecer ensimismado más callado que nunca, llegó la hora de Plástica y Dibujo. Entró al aula la joven maestra tan sonriente como siempre, saludó al grado, todos la saludaron, dejó la cartera y la bolsa grande en el escritorio, agarró una tiza amarilla y escribió en el pizarrón al mismo tiempo que lo leía “Dibujarnos afuera de la escuela”.
-  Hoy se van a dibujar a ustedes afuera de la escuela – dijo la señorita Estella Maris – Puede ser en cualquier lugar que ustedes quieran, pero tiene que ser afuera de la escuela, ¿entendieron chicos?
¡Sí, señorita! – respondió todo el grado al unísono.
Se sintió inspirado. No tardó ni un segundo en pensar lo que iba a dibujar, lo que iba a crear. Concentrado fue plasmando en la hoja de carpeta de dibujo n°5 el dibujo del día. Primero a lápiz, luego lo coloraría en gama de verdes, marrones, rojizos, amarillos y naranjas. Ya finalizando, repasó con el lápiz color negro acentuando detalles seleccionados, sombreó usando el dedo índice derecho, el de la mano desocupada, y obtuvo su creación.
¡Señorita Estella Maris, ya terminé! – la llamó.
¡Cállate orate! – le dijo Facundo haciéndose el Homero Simpson. Varios se rieron.
¡Facundo Iriarte, terminala! – le llamó la atención la señorita Estella Maris.
La maestra se acercó a su pupitre y él le dio el dibujo. Vio la cara de la señorita de Plástica y Dibujo asombrarse, no la vio feliz como siempre que le mostraba uno de sus dibujos, más bien parecía estar… ¿asustada? ¿Tenía miedo, la señorita Estella Maris tenía miedo? Y le habló.
-  Joaquín… ¿Qué es este dibujo…?
Estamos afuera de la escuela, señorita – respondió dejando oír su vocecita de pequeño.
-  ¿Quiénes son esos, Joaquín?
-  Son mis amigos, señorita
-  Tus amigos… ¿desde cuándo?
-  Desde ayer, nos conocimos ayer en la puerta de la escuela. ¿La puerta de la escuela es la escuela, está mal el dibujo?
-  Es que… no, no es eso… la puerta es afuera de la escuela, está bien – la notó algo confundida también - , ¿estás seguro que estos son tus amigos, Joaquín?
-  
En eso se oyó la voz de otra de las alumnas solicitando a la maestra.
Ya voy, esperame un momentito – y le habló de nuevo a Joaquín – Mirá Joaquín, este dibujo que hiciste es bastante violento, ¿está todo bien en tu casa? Si querés podemos ir al pasillo y hablamos.
-  Está todo bien en mi casa, ¿por qué tiene miedo, señorita?
¿Qué son estos bichitos que dibujaste? – le preguntó señalando con el dedo los personajes que estaban saliendo del charco de la puerta de la escuela.
No son bichitos, son mis amigos, y se llaman duendes.
Sonó el timbre del recreo, y como es costumbre, todos los alumnos dejaron sus tareas a un lado y salieron como rayos para el patio. Cuando él se puso de pie para salir del aula, la maestra lo agarró de la muñeca suavemente.
Joaquín, tengo que hablar con tus padres por este dibujo, por favor, dame tu cuaderno de comunicaciones.
Ellos no van a poder venir a la escuela.
No te preocupes, siempre se puede acordar un horario. Por favor, dame tu cuaderno.
Como quiera, pero ellos no van a poder venir a la escuela – y con el cuaderno entre los brazos parado como una estatua, le fijo sus ojos azabache – Mis amigos van a venir a buscarme hoy… - le entregó el cuaderno intercambiándolo por su dibujo, y rápido salió corriendo con la hoja de carpeta impregnada de su creación.
Escuchó los gritos de la maestra aclamando su nombre, pero ya no le importaba. Sus amigos iban a pasar a buscarlo. Huyó escondiéndose en el cuarto de limpieza entre los guardapolvos rosas y verde agua, y aguardó hasta que fue preciso.
Transcurridas dos horas, y sin ser encontrado, aunque por poco y la maestra de Quinto lo logra, escuchó el timbre de salida, y luego gritos. Oyó como todos gritaban de miedo, que corrían llevándose cosas por delante, ruidos de portazos, piques y piques de las pelotas del armario de gimnasia, y también los oía a ellos, a sus amigos. Pasó un rato, bastante corto en su percepción del tiempo, y los gritos y ruidos pararon. Entonces, vio cómo las manos rugosas, igual a como se las había dibujado, corrieron los guardapolvos. En una lengua extraña que sonaba como la madera partida, le hablaron. Sí, eran sus cinco amigos, los duendes del charco enlodado donde se había caído, a donde lo habían empujado los abusivos de Cuarto. Le hicieron seña para que salga del ropero, y dos lo tomaron de las manos, uno de cada lado. Eran bajitos, a Joaquín le llegaban al hombro que era un niño flaquito y bajo, y eran iguales a como los había imaginado, como seres salidos del barro, de caras sonrientes, de piel rugosa, medio encorvados.
Habían atemorizado a toda la escuela, habían hecho una pequeña travesura. Y ahora estaban vivos. 
A. M.

sábado, 11 de mayo de 2013

La Fisgona


Primera Parte: Ahogo.

Se siente plácido, me encuentro nadando en una amplia piscina de natación. Nado estilo crol, nado de espaldas, también intento con el nado mariposa, pero no me sale tan bien. El ambiente se siente cómodo, es un lugar que parece ser algún club con pileta olímpica, el olor a cloro se impregna en mi olfato.
Pero empiezo a sentir que hay algo que no está bien, el agua empieza a sentirse pesada, espesa… Es entonces que me da curiosidad saber por qué no estoy sintiendo el ambiente cómodo como hasta ese momento, miro alrededor, y encuentro la respuesta: ahora nado en un manantial de sangre.
        Ya no hay olor a cloro, hay olor a sangre, un olor que puedo describir mezcla metalizado y mezcla putrefacción. Las aguas color rojo profundo me empiezan a envolver, y yo empiezo a impacientarme, me asusto, me asusta la pileta de sangre. Intento nadar implementando todo tipo de braceos y pataleos, para llegar lo antes posible al borde, pero de forma progresiva, mi cuerpo no se mueve. La espesa sangre comienza a inmiscuirse por mi boca, intento gritar y, una y otra vez, arrojo braceos desesperados y me salpico el rostro, en vano exhalo un alarido; allí no hay nadie, tampoco las palabras me salen. Empiezo a ingerir e ingerir esa pesada sangre, “¿la respiración?” pensé, porque quería inhalar un poco de aire, y no podía. No siento estar respirando a pesar de intentarlo.
       Y cuando estaba a punto de hundirme en el mar sanguinolento, la vi por primera vez. Desde el ventanal del pasillo que conecta los vestuarios con la pileta, me miraba ahogarme en sangre una niña como mucho de siete años, de cabello castaño, largo y lacio, pálida. Vestida, por lo que llegué a ver, con un jardinero y camisa de manguitas abuchonadas.
     A pesar de intentarlo una y otra vez, no pude respirar… la fuerza me abandonó, el cansancio saturó mi cuerpo, y mientras ella continuaba avistándome sin expresión alguna, las olas de sangre me envolvieron y me ahogué.


Segunda Parte: Regurgitación.

Tenía que haber sido un sueño, más que sueño, una nefasta pesadilla, de esas que sentís tanto que te parecen reales, porque hasta sentís olor. Sí, fue una pesadilla, qué bueno, claro, cómo podía ser verdad, qué tontería, nadar en sangre, fui pensando mientras me dirigía al baño. Con tranquilidad, entré. Pero otra vez había algo que no encajaba con mis parámetros de “baño de mi casa”. Así y todo, entré. Crucé el umbral y ahora estaba ahí: era todo blanco, los sanitarios, los azulejos, la bañera, la cortina, el interruptor, los enchufes, todo blanco, excepto la grifería que brillaba, al parecer era de bronce. Miré un poco más y me di cuenta que efectivamente ese no era mi baño, resultaba ser más antiguo y lujoso, y cuando logré razonarlo un vuelco estomacal me dobló a la mitad, retorcijones inaguantables hicieron que me abrace el vientre. De golpe me tumbé sobre el inodoro: sangre. Mis ojos veían chorros y chorros de sangre manchando el interior del inodoro, después empezaron a salpicar el borde y el piso, también las baldosas blancas.
Se me estruja el estómago y vomito sangre, se estruja mi estómago y otra vez vomito espesa sangre. Sin parar, emanaciones de sangre. Huelo sangre coagulada, y veo baldosas salpicadas de rojo. Me intento limpiar la boca con las manos, pero me las mancho, entonces dejo marcas borrosas de mis dedos en la parte interior de la tapa del inodoro que había levantado antes de volcarme, y también en los azulejos, después de haberme apoyado al intentar incorporarme, en vano.
En esa intensa y enferma situación, siento que me están viendo, me volteo mareado para mirar hacia la puerta, y otra vez, ahí parada sin expresión, pálida y vestida con el jardinero de jean y la camisa de magas abuchonadas color blanca con florcitas rosas y cuello de volados; la niña de aire siniestro me estaba observando.
-    ¿Estás bien? - me dice de pronto con su voz aniñada aguda.
-    Sí - atiné a responderle, porque sentía que esa era la verdad, me sentía mejor.
Y en silencio la siniestra niña me cautivaba, mientras la sangre se salía de mis entrañas. Los dolores, aunque persistían, iban siendo más leves.


Tercera Parte: Regreso.

Sábanas, calidez, oscuridad.
Abrí de golpe los ojos y vi el techo de mi cuarto. Estaba transpirado, las sábanas estaban húmedas. Sentí que el corazón me latía a mil por hora. Recordando las pesadillas, me palpé la boca, los dientes, la lengua, y después de mirarme las manos, me di cuenta que ya había despertado, todo había concluido, al fin, otra vez en la realidad. Ese pensamiento me alivió y dejé de transpirar. Tenía la boca seca, por eso decidí servirme un poco de agua.
Me levanté de la cama y fui directo a la cocina, llegué, y encendí la luz. Un espasmo de un temor indescriptible me paralizó, porque allí, extendiendo un brazo ofreciéndome un vaso con sangre, estaba la siniestra niña.

A. M.

viernes, 3 de mayo de 2013

Anillos de Ingenuidad



Eran las costas de un extenso mar de aguas verdes y azulinas, corría una cálida brisa que daba regocijo cuando rozaba un rostro. La arena brillaba y el sol se alzaba fulguroso en el amplio cielo. A lo lejos, el sonido del agua rompiendo sobre las rocas, y de vez en cuando, se oía pasar una bandada de gaviotas revoloteando, cada sonido parecía ser único, irrepetible, especial; un lugar para el deleite de un fotógrafo locuaz y para los que buscan una distensión cien por ciento asegurada, playas serenas y alejadas de los cúmulos de gentío.
Ahora pasaba una parejita, que por poco y las cabezas salpican arroz. Como la mayoría de esas pequeñas relaciones sociales que pasaban a conocer, llevaban colgada de alguna parte del cuerpo, por lo general de la muñeca y también del cuello, sus cámaras de vídeo y fotográficas. Se los veía felices, entusiasmados, el lugar les estaba pareciendo fantástico, pues sus cambios de planes estaban valiendo la pena. Caminaban tomados de la mano desocupada, en el caso de ella la izquierda y la de él, la derecha, sintiendo la arena húmeda en los pies, de tanto en tanto, el mar les mojaba los talones. Se miraban y sonreían, avistaban lo maravilloso del paisaje lugareño, y se besaban. Oían el sonido placentero, relajante, calmo, inmenso…
Continuaban transitando por la costa, que se fue achicando dando lugar al acantilado, las piedras se habían hecho grandes. Para entonces, el agua les salpicaba los rostros ruborizados, ahora el olor del mar se impregnaba en sus narices, se iba inmiscuyendo hasta ser nítido y total. Y las olas azotaban las rocas cubiertas de musgo y algas. Oían y olían al mar, estaba dentro suyo, los descomponía en partes, una sensación de puro placer.
Las cámaras se derrumbaron, los ojos se cerraron, el mar se los comía; pero oían a la inmensidad del paraíso sensitivo en el centro de sus cabezas, sonaba y sonaba majestuosamente. Sentían la arena en la espalda, y el olor penetrante del mar, y la arena en la espalda, y el magnífico sonido de aquel mar. Y las manos se separaron, y los jóvenes anillos se cayeron, y una sensación de calidez licuada en las muñecas…
Un eco sibilante había, parecía estar ensalivándose los labios (¿acaso un eco tiene labios…?), y el olor del mar no se iba. La sensación de calidez licuada estaba llegándoles a los hombros, al cuello, y el eco se saboreaba, los descomponía en partes, el olor era intenso, los estaba mareando, las nauseas estremecían y el estómago se les retorcía.
Sin más, ambos abrieron los ojos, ya no había sol, ni cielo, ni mar, en su lugar la penumbra de una gruta entremetida, y allí, mientras estaba recostada en medio, vieron su rostro... uno jamás visto. De ojos naranjas y nariz ofidia, el cabello fucsia, lleno de algas y pequeños moluscos, le caía sobre la mejillas y le cubría los protuberantes senos, y le vieron los dientes de tiburón manchados de sangre (tienen sangre, ¿qué sangre?). Y es así que se observaron y allí se vieron mutilados, pues un brazo les faltaba. Gritaron y gritaron, lloraron, rogaron, rezaron al Señor Todo Poderoso que lo unió en sagrado matrimonio; ahora les faltaba una pierna.
Y vieron a los ojos anaranjados fijarse en los de ellos, le rogaron una y otra vez. Pero la temible mujer agitó su escamosa y azulada extremidad con aletas enormes en la punta. Lo último que llegaron a ver fueron sus feroces dientes de tiburón venírseles en cima.
Eran las costas de un extenso mar.
El sonido placentero, relajante, calmo e inmenso era evocado otra vez.
A. M.

lunes, 29 de abril de 2013

La espera más anhelada



- ¿Te parece que va a venir?- le decía a su compañero.
- Y… nos dijo que sí, no creo que falte a su palabra- contestó el otro al primero.
Los dos estaban mirando a la ventana que tenían a unos pocos metros del lugar donde se pasaban los días. Estaban muy atentos y bastante ansiosos esperándola, porque ella les había prometido que hoy vendría.
- ¿Y si nos ven?- preguntó el primero.
- No creo, ella nos aseguró que todo se iba a dar en perfecto secreto- le respondió seguro.
- Porque si nos ven... ¡chau!- dijo enérgico- Ojalá llegue a tiempo...
- Le tengo mucha confianza- le contestó su compañero.
Una hora, dos horas, tres horas... La casa estaba silenciosa, muy tranquila sin toda esa gente de aquí para allá, ruidosa y gritona. Sólo ellos dos mirando por la ventana; hacía un día de lluvia, había un poco de viento y las hojas ya habían comenzado a caer de los árboles. La calle parecía estar desierta, porque a diferencia de los días de semana, como habían aprendido que se llamaban cinco días seguidos escuchando a la gente ruidosa de la casa, pasaba de tanto en tanto uno de esos que largan humo fatigador. Y allí aguardaban nerviosos y ansiosos, era ahora o nunca, porque la gente ruidosa de la casa se había ido el día que escuchaban como viernes, y no iba a volver hasta el día que escuchaban como sábado, para el sábado a las diez de la noche, precisamente, cuando la luna se vería y ellos dormirían, claro está, si ella no llegaba antes. Por eso, tenía que llegar, para tener tiempo suficiente.
- ¡Uf, ya se está por ir la luz!- exclamó el llamado Petit.
- Va a venir, vas a ver- le contestó esperanzado una vez más el llamado Penacho.
Siguieron esperando, aún llovía. Para cuando ambos estaban abuchonados y cabeceando de sueño, una luz verde los avivó.
- ¡Hey muchachos, ya llegué!- escucharon que les hablaba la vocecita de ella, ya estaba ahí, ya había llegado. Se había aparecido como acostumbraba a hacer cuando la gente ruidosa no andaba por la casa.
- ¡Llegaste Liletí!- dijo Penacho con alegría.
- Claro que sí, amigos, ¿qué pensaban, que iba a dejarlos aquí y faltar a mi palabra? Pues no, ¡un hada nunca rompe sus promesas!- confesó Liletí a los compañeros.
Entonces la pequeñita hada, que revoloteaba moviendo sus dos alas de mariposa muy veloz, posó sus delicadas manos sobre la puerta de la jaula que colgaba de la pared y la abrió - ¡Vamos, vamos, no teman, todo va a estar bien!- los alentó, pues esta sería la primera vez que desplegarían sus emplumadas alas fuera de esa angosta jaula de finos barrotes blancos y forma ovoide; tenía más o menos 30 x 20 cm., un comedero con alpiste y mezcla para pájaros, un bebedero y una piletita donde Penacho y Petit se bañaban todas las mañanas.
- Es difícil- dijo temeroso Petit-, ¿y si nos come un gato?
- Para nada, Petit, eso no ocurrirá, nosotros tenemos alas- alentaba con un rostro muy jovial el hada-, ¡vamos amigos, vengan conmigo, seremos muy felices! Deben probar el sabor de la libertad.
Los dos compañeros emplumados, Petit amarillo y Penacho negro con un estilo de corbata roja, se observaron. Fueron juntos saltiqueando hasta la puertita, la miraron una y otra vez, con un ojo y con el otro. Se fueron acercando más y más hasta estar bajo el umbral asomando los picos. Y al fin, impulsados por la valentía, salieron al aire y extendieron como nunca antes lo habían hecho, sus alas, y empezaron a sobrevolar todo el living-comedor de la casa.
- Como les había indicado cuando nos vimos la vez anterior, no traten de salir por la ventana, está cerrada y se van a terminar golpeando contra el vidrio- les recordó Liletí.
Así fue que ambos se pararon sobre la jaula, ya fuera de ella, y miraron al hada, por su parte, ella se encendió de luz verde, los cabellos repletos de hojas y flores se le agitaban - Nos vamos, despídanse para siempre de su prisión -.
Los tres fueron envueltos por la resplandeciente luz verde de Liletí, los cubrió y sin más los sacó.
El clima se había mejorado, ya no llovía y el cielo estaba limpio y la luz de las estrellas y de la luna creciente les fue marcando el camino…
Desde esa noche, Petit y Penacho junto a su amiga, el hada Liletí, volaron hasta el final de sus largos, libres y felices días.
A. M.

viernes, 19 de abril de 2013

La noche mágica de Helena y Tomás


Sinopsis
Hay sueños que nos quedan grabados para siempre.
Esta es la historia de un sueño peculiar de dos hermanos en el cual, al pedido de unos seres fantásticos que conocen en él, llevan a cabo una hazaña.
Brindando su ayuda, Helena y Tomás descubrirán la magia de los sueños.
La noche mágica de Helena y Tomás ofrece a las y los lectores más jóvenes la entrada al mundo de la fantasía incitando la imaginación tanto desde lo visual como desde lo literario. La realidad y la magia se unen en este cuento para reavivar las llamas de la emancipación.

*
Esta es la historia de ese mundo mágico donde cosas increíbles pueden suceder, pero que muchas veces no es recordado. Esta es una historia de un sueño.

            Como la mayoría de los niños de cuatro y seis años, al dar el reloj las diez de la noche, los dos hermanos, Helena y Tomás, se iba a dormir. A veces por su cuenta, y a veces medio a los berrinches cuando mamá y papá se ponían insistentes en no dejar que sigan despiertos.

            Ocurrió en una noche de enero, luego de haber pasado dos horas de haberse quedado dormidos, cuando Helena, la más pequeña de los dos, abrió los ojos y vio cómo ella y Tomás estaban acostados no en su cama cucheta, sino en dos flores enormes muy parecidas a las margaritas, pero cada pétalo era de un color diferente: rojos, violetas, amarillos, turquesas, naranjas, azules, verdes y muchos más. Asombrada se dio cuenta que tampoco estaban en su habitación, sino en una plaza, ¡no, era más grande! Estaban en un parque, pero Helena no sabía en cuál.
            - ¡Tomás, Tomás! - lo llamó desde abajo sin haberse bajado de la flor.
            Entonces, Tomás fue despertándose. Al poco tiempo, se dio cuenta de lo mismo que Helena ya había visto. Se sentó en la flor y le dijo a Helena - ¿Qué está pasando?
            - No sé, ¿dónde estamos? - contestó ella.
            - Vamos a ver – dijo decidido Tomás – Si queremos saber qué pasa, hay que ir a averiguarlo.

            Como era su costumbre al bajar de la cama, Tomás dio un salto al suelo, que ahora en vez de ser un piso de grandes cerámicas color beige, era pasto verde que se extendía hasta donde ellos llegaban a ver – Seguime Helena – tomó a su hermana de la mano. Ella bajó de la flor, y juntos fueron dando los primeros pasos en ese mundo en el que estaban.

            De a poco, empezaron a aparecer árboles altos y de gran follaje: ellos avanzaban y sus ojos empezaban a ver árboles que antes no veían. ¿Acaso todo estaba cambiando?, pensaron Tomás y Helena. Sí, así era, porque si bien el suelo era pasto, ahora el mundo parecía más un bosque que un parque. Habían aparecido muchísimos árboles, algunos con los troncos llenos de nudos, otros parecían más jóvenes, y tenían los troncos finos y más claros. Había árboles con los tallos colgantes y hojas pequeñas, y otros con tallos que se extendían hacia el cielo.

           Y de pronto, apareció un sin fin de hadas brillando como lucesitas  que volaban por los aires, de aquí para allá, dejando sus resplandores. Helena y Tomás se sorprendieron bastante, porque nunca antes habían visto hadas; eso sólo pasaba en los cuentos. Pero las estaban viendo, no podían llegar a contarlas, porque todavía no habían aprendido a contar más de cien.

            En ese momento, algunas se les acercaron y se le apoyaron en el cuerpo. A Tomás se le apoyó una en la cabeza, otra en el hombro del lado derecho, y otras dos le revolotearon por la espalda y la cintura. A Helena, una se paró frente a ella en el pasto, otra en el hombro izquierdo, y una más se quedó volando frente sus ojos negros. Y entonces, el hada que se había parado en el pasto les habló. Muy distinto a lo que ellos se imaginaban de las voces de las hadas, les habló con una voz que oyeron muy bien y sonaba como la de las mujeres más grandes.
            - Gracias por venir hasta aquí. Necesitamos de su ayuda para liberar a uno de nuestros amigos de una trampa en la que ha quedado atrapado.
            - Perdón, ¿pero ustedes nos pueden decir dónde estamos? - le preguntó al hada Helena.
            - ¿Pero es que no lo saben? ¡Vamos, sígannos! - y salió volando seguida por las demás.
       - ¡Hey, esperen! - les gritó Tomás con la mano levantada. Así es que no les quedó otra alternativa que seguir al grupo de hadas. Habían dicho que necesitaban de su ayuda...

            Esquivando los árboles, corrieron lo más rápido que pudieron detrás de las veloces hadas. Pero imprevisiblemente no hubo más bosque, de un momento a otro desapareció y lo único que vieron delante de ellos fue una escalera blanca flotando en el espacio. Miraron hacia donde terminaba la escalera, y vieron que el grupo de hadas los esperaba y los estaba llamando.
            - ¡Vengan, suban, vamos! Ustedes son los únicos que pueden salvar a nuestro amigo.
            Helena y Tomás se miraron.
            - Yo quiero ayudar al amigo de las hadas... – le dijo con ojos tristes Helena a Tomás, la típica mirada que le ponía cuando quería convencerlo de algo sin decírselo directamente.
            - Sí. Y yo quiero saber qué es este lugar, creo que del otro lado de esa puerta al final de la escalera, vamos a encontrar la respuesta.
            - ¡Sí! - dijo Helena, ahora con el rostro más animado.

            Así fue como Tomás y Helena se decidieron, y subieron por la escalera más larga y más extraña que hubieran visto en sus vidas. No tenía barrotes e iba subiendo a veces en forma de espiral, otras veces formando rectángulos, también haciendo curvas horizontales y verticales. Y a los lados de la escalera, nada. Se parecía mucho al espacio, en donde los planetas, las estrellas, los meteoritos, los astros están. En un momento se les ocurrió mirar hacia abajo, pero no supieron encontrar un abajo, porque la escalera había dado tantas vueltas que habían perdido de vista el extremo desde donde entraron en la escalera y salieron del bosque.

            Y entonces, subieron los últimos cinco escalones y llegaron a un pequeño piso como un cuadrado que iba cambiando de colores. Ahí mismo había una puerta color azul. Escucharon las voces de las hadas que les decían - ¡Ábranla! -, pero miraron a su alrededor y ellas ya no estaban allí. Un poco asustados, intercambiaron una mirada entre los dos como para consultarse - ¿qué hacemos? -, y al mismo tiempo pusieron sus manos en la manija, la bajaron y abrieron la puerta.

            Cruzaron la puerta algo tímidos, y cuando vieron el nuevo lugar al que estaban entrando, se sorprendieron: era una habitación como cualquier habitación de chicos de su edad. A primera vista no parecía haber nada extraño, pero... Fue cuando Helena dijo – ¡Tomás, mirá! -, él fijó la vista hacia donde Helena le estaba señalando, y ahí él también lo vio.

            Había un fénix encerrado en una jaula. Sabían que era un fénix porque era un pájaro de plumas rojas, naranjas y amarillas, de tamaño como un perro grande, el pico como las águilas, pero muy parecido a los pavos reales. Y en ese momento, mientras Helena y Tomás contemplaban al ave fénix, las hadas aparecieron otra vez. Y la que antes les había hablado, comenzó a decirles – Necesitamos que liberen a nuestro amigo. Nosotras no podemos porque es una jaula soñada para encerrar seres mágicos, nuestras habilidades no sirven.
            - ¿Soñada, cómo? - preguntó Tomás.
            - ¿Pero que todavía no se han dado cuenta? - exclamó el hada – Este es el mundo de los sueños, donde los sueños viven. A veces ocurre que los sueños son tan fuertes que llegan a quedarse muy memorizados y sus efectos crean realidades en este mundo. Nuestro amigo ha sido capturado por una persona que sueña con encontrar al ave fénix. Lo malo es que quiere atraparlo y encerrarlo así, en una jaula especial para que no pueda escapar y así poder contemplarlo hasta el fin de sus días.
            - Nosotros podemos abrir esa jaula – afirmó Tomás.
            - Entonces abrámosla – agregó Helena.

            Juntos, como cuando habían abierto la puerta para entrar al sueño de esta persona donde tenía atrapado al ave fénix, pusieron sus manos en la traba que cerraba la puerta de la jaula, hicieron un poco de presión, y lograron abrirla. Y fue en ese instante que el ave fénix salió volando de la jaula como una estela, luego desplegó sus radiantes alas y les habló a la mente – Muchas gracias, me han liberado. Ahora puedo volver con mis amigos del mundo mágico.

            Pero sin que Helena y Tomás llegaran a responder a tan bellas palabras, abrieron los ojos y Helena vio las tablas de la cama de su hermano, y Tomás el techo de su habitación. Entonces, con la memoria muy fresca Tomás se arqueó hacia abajo y Helena lo miró. Y a lo lejos, les pareció escuchar el canto de un ave. Tomás saltó de su cama al centro de la habitación y Helena se paró al lado de su hermano. Y miraron al suelo donde encontraron una pluma del ave fénix, que guardarían para nunca más olvidar el día en que lo liberaron.


FIN


Escrito por A. M.
Ilustrado por Hare Bari 

Versión impresa disponible, solicitar a las autoras a: 

ana.papelyfantasia@gmail.com o a arboldeplumas@hotmail.com

domingo, 14 de abril de 2013

El Descubrimiento


Cuando cumplió nueve años ocurrió el descubrimiento.
Como era costumbre en estos festejos, concurrió mucha gente, de aquí y de allí, pues las fiestas de los reyes no eran despreciadas, ya sea porque el esplendor estético y culinario las caracterizaba, o porque si uno se negaba habiendo sido invitado corría el riesgo de terminar en las mazmorras. El día había amanecido claro, el sol era radiante y los colores de la primavera pintaban de vida el inmenso jardín real.
Desde que le corrieron las cortinas y la claridad le pegó en la cara, presintió que este sería un cumpleaños diferente, no por la manera en que las quince siervas la vistieron con un atuendo de seda china a estrenar, ni por la cantidad descomunal de comida que desbordaba de la mesa de 5 metros de largo, ni por la muchedumbre invitada, más de la mitad completamente le era desconocida, ni por las dieciocho docenas de regalos lujosos que recibió; esa primavera avistada desde el ventanal de 7 por 10 metros que enfrentaba a su cama, le insinuó la estrategia que horas más tarde guió su acción. Primero para no romper la costumbre saludó a los presentes –amigos, familiares cercanos, conocidos del séquito real- estrechó abrazos e intercambió besos en ambas mejillas, y con los demás una que otra reverencia, o nada. Después bailó el insoportable vals con Rey padre y de esa forma se dio comienzo al baile en el salón correspondiente, una habitación muy amplia, de techo alto cubierto de par en par por una delicada pintura, esas de ángeles y nubes, hecha por un artista italiano contratado por sus padres. Estuvo presente un poco ahí y otro tanto en el jardín en donde habían dispuesto la comilona, en el interín intercambió charlas banales con la Reina madre, charlas que viraban de los buenos modales que una princesa debe tener, el trato despótico que una princesa debe seguir con los sirvientes, los regalos que la princesa recibió, la dieta que la princesa debe cumplir para ser bella y bien amada, todas cuestiones que ella se sabía de memoria y que para sus entrantes nueve años empezaban a trastornarla y le generaban un peculiar rechazo que todavía no podía terminar de entender.
Transcurridas dos horas, pudo escabullirse perdiéndose en la multitud que ya para esos momentos más de la mitad estaba ebria, contabilizándose en esa mitad su propio padre.
Se fue alejando lo más que pudo, lo cual iba haciendo que vaya en dirección al sótano, lugar en el que nunca había estado y al que hasta ese día nunca se había atrevido siquiera a ir, pues se trataba de un lugar oscuro, frío y sombrío del que los siervos rumoreaban con temor y preferían evitar, mas la princesa fue. Se sentía rara pero satisfecha, al menos no tenía que pasar el cumpleaños otra vez con toda esa gente desvariada e inepta, dos cualidades que empezó a usar para describirla. Cuando llegó a la descendente escalera para ingresar al sótano, tuvo que ejercer su autoridad en el guardia que dubitativo al final le dio paso; al fin y al cabo ella era la heredera y hoy era su cumpleaños. Y entró al sótano, sí que era feo. No estaba muy alumbrado, alguna que otra antorcha dispuesta en las paredes le permitía divisar cosas amontonadas: muebles pasados de moda según el criterio de su madre, pilas y pilas de libros y manuscritos cubiertos de polvo, bueno, todo estaba cubierto de polvo en ese lugar del palacio. También notó, más o menos, que estaban mezclados en el montón, juguetes que ella había usado cuando era más pequeña. Prácticamente a los tumbos se fue inmiscuyendo en la habitación, intuía que era por ahí aquello que estaba por cambiar su rutina, por eso decidió caminar hasta las profundidades del sótano, hasta donde la luz de las antorchas no alcanzaban a llegar. Ahora a ciegas, iba dando lentos pasitos con los brazos extendidos y las manos dispuestas para tantear su alrededor, y tropezó bruscamente con quién sabe qué objeto, hecho que plasmó el ambiente con un retumbante ruido a desastre. Otra vez tuvo que ejercer esa maldita autoridad para poder continuar con la odisea sin ser interrumpida y desterrada de esa habitación, y condenada a pasar el resto de sus días prisionera de su condición; porque la princesa tiene que llevar una vida armoniosa y tranquila, el Santo Espíritu así lo quiere, como los ministros recomendaban a sus padres. Ella sabía que el mundo no era lo que le decían que era, porque su curiosidad interrogó varias veces, cuando podía llegar a hacerlo a espaldas de los reyes y el séquito, a los siervos. Ellos le confesaron las calamidades que afuera de palacio se padecían, cuestión que movilizaba sus criterios.
Y cuando logró deshacerse del guardia que por poco y entraba al sótano, se dejó ver frente suyo. Fue extraño, porque la oscuridad era muy espesa, pero los ojos azabache de la cumpleañera podían verlo. Sin más se incorporó y durante un minuto el unicornio y la princesa se cautivaron frente a frente. Sin mover las bocas, ambos conversaron.
- Al fin has venido, Alexandra- le dijo el unicornio a la princesa.
- ¿Quién eres, qué eres? ¿Por qué vives aquí?- le preguntó ella.
El unicornio permaneció unos segundos observador hasta que decidió responderle las preguntas – Soy Krameal, soy lo que ustedes los humanos llaman unicornio, y no vivo aquí, ¿acaso piensas que tengo tan espantoso gusto para escoger mi morada?
-Me parece que no, ¿y de dónde eres, qué haces entonces aquí, Krameal?- volvió a consultarle la princesa.
- Tu padre me ha capturado hace once años, y hace once años que no hablaba con alguien. Me ha encerrado en una jaula de barrotes que mi magia no puede destruir, estoy cerca de la muerte, hace mucho que no me alimento pues el sol no llega en donde me han encerrado- el unicornio transmitía tristeza, mucha tristeza.
- Pero yo no te veo en ninguna jaula…- cuestionó pensativa.
- Estoy usando la poca magia que me queda para comunicarme con el único humano de este lugar que tiene gran corazón, soy un espectro de mi verdadero ser- le confesó el unicornio-.  Por favor, sígueme y te mostraré mi cuerpo.
Fue así que la princesa siguió al holograma del unicornio, iba flotando, sumergiéndose aún más en lo profundo de la habitación, bien al fondo. Traspasaron muchas cosas, ella tuvo que pisar sobre varias y saltarlas para poder seguir con la travesía. Entonces el unicornio espectral cesó y le dijo – Mírame con tu valeroso corazón, y descubrirás mi prisión-. Luego ella cerró los ojos por un momento, se reconcentró en una cálida cosquilla circundante, y cuando sintió que la calidez la regocijaba y le daba paz, los volvió a abrir y delante vio la espantosa jaula circular de gruesos barrotes de hierro, de 4 metros cuadrados por 5 metros de alto, y en medio, sobre el duro y helado suelo, sin agua y sin alimento estaba agonizando el unicornio. Él abrió sus cristalinos ojos y vio a la princesa.
- Me has encontrado, Alexandra- le dijo sin mover la boca.
Desesperada, y aún sin poder entender por qué su padre había hecho algo tan brutal, empezó a caminar alrededor de la jaula para encontrar la abertura – No mueras, Krameal, yo te voy a liberar, aguanta un poquito más- rogó ella al unicornio.
- Sé que a pocos pasos encontrarás eso con que ustedes desgastan este material, ve hacia tu izquierda, unos siete pasos- aconsejó él.
Sin perder ni un segundo, la princesa hizo lo que el unicornio había dicho, y fue así que encontró una lima bastante buena. Volvió con la herramienta en mano y empezó con el trabajo: limó y limó el gran candado que cerraba el pasador de la jaula. Resultó ser una tarea difícil, pero la princesa al fin logró el cometido, entonces rompió el candado, lo dejó caer al suelo y abrió la puerta. Entró a la jaula y abrazó arrojándose a él, al unicornio. - ¡Vamos Krameal, tenemos que salir de aquí!- exclamó.
- Muchas gracias por escucharme- le agradeció el unicornio mientras intentaba incorporarse.
En verdad que estaba débil, casi no podía dar paso, así y todo, fueron hasta la salida del sótano. A su favor, era el momento del recambio en la vigilancia y dado que el guardia no quería perderse el festín, huyó del puesto un rato antes de la llegada de su reemplazo. Y salieron…
Tomaron el camino que iba directo a los jardines reales, y a causa de la magia de Krameal que de a poco su cuerno espiralado generaba, pues la luz de los ventanales lo iluminaba, pasaban desapercibidos por la muchedumbre ebria y descompuesta. Y pisaron el césped, y olieron el aroma de las flores. Cruzaron por delante de la mismísima reina sin ser vistos y se internaron en el bosque que crecía hace muchas generaciones, pero aún estaban en los dominios de la realeza.
- ¿A dónde vas?- consultó de pronto la princesa al unicornio.
- Lejos de aquí, donde ningún humano pueda verme- le respondió cesando un instante la marcha.
- Llévame contigo, Krameal- pidió la princesa-. Mi mundo no es mi mundo. Son perversos, mi padre y mi madre hacen sufrir a mucha gente, te han encerrado y casi mueres. A mi también me encierran…- y lo miró a los ojos cristalinos y bondadosos.
- Eres una buena persona, pero no puedes venir conmigo, Alexandra.
- ¡Por favor, te lo suplico! Yo también moriré si me dejar aquí con ellos.
El unicornio hizo brillar su cuerno espiralado, la brisa le arremolinaba sus onduladas crines del color de la Luna, y los cristalinos ojos miraron a su compañera. Ella se reflejaba en el iris de Krameal, era la silueta de otro unicornio.
Ambos se alejaron al galope para nunca jamás regresar. Las flores brotaban a su paso.
A. M.