Cuando cumplió nueve años ocurrió el descubrimiento.
Como era costumbre en estos festejos, concurrió mucha gente, de aquí y de allí, pues las fiestas de los reyes no eran despreciadas, ya sea porque el esplendor estético y culinario las caracterizaba, o porque si uno se negaba habiendo sido invitado corría el riesgo de terminar en las mazmorras. El día había amanecido claro, el sol era radiante y los colores de la primavera pintaban de vida el inmenso jardín real.
Desde que le corrieron las cortinas y la claridad le pegó en la cara, presintió que este sería un cumpleaños diferente, no por la manera en que las quince siervas la vistieron con un atuendo de seda china a estrenar, ni por la cantidad descomunal de comida que desbordaba de la mesa de 5 metros de largo, ni por la muchedumbre invitada, más de la mitad completamente le era desconocida, ni por las dieciocho docenas de regalos lujosos que recibió; esa primavera avistada desde el ventanal de 7 por 10 metros que enfrentaba a su cama, le insinuó la estrategia que horas más tarde guió su acción. Primero para no romper la costumbre saludó a los presentes –amigos, familiares cercanos, conocidos del séquito real- estrechó abrazos e intercambió besos en ambas mejillas, y con los demás una que otra reverencia, o nada. Después bailó el insoportable vals con Rey padre y de esa forma se dio comienzo al baile en el salón correspondiente, una habitación muy amplia, de techo alto cubierto de par en par por una delicada pintura, esas de ángeles y nubes, hecha por un artista italiano contratado por sus padres. Estuvo presente un poco ahí y otro tanto en el jardín en donde habían dispuesto la comilona, en el interín intercambió charlas banales con la Reina madre, charlas que viraban de los buenos modales que una princesa debe tener, el trato despótico que una princesa debe seguir con los sirvientes, los regalos que la princesa recibió, la dieta que la princesa debe cumplir para ser bella y bien amada, todas cuestiones que ella se sabía de memoria y que para sus entrantes nueve años empezaban a trastornarla y le generaban un peculiar rechazo que todavía no podía terminar de entender.
Desde que le corrieron las cortinas y la claridad le pegó en la cara, presintió que este sería un cumpleaños diferente, no por la manera en que las quince siervas la vistieron con un atuendo de seda china a estrenar, ni por la cantidad descomunal de comida que desbordaba de la mesa de 5 metros de largo, ni por la muchedumbre invitada, más de la mitad completamente le era desconocida, ni por las dieciocho docenas de regalos lujosos que recibió; esa primavera avistada desde el ventanal de 7 por 10 metros que enfrentaba a su cama, le insinuó la estrategia que horas más tarde guió su acción. Primero para no romper la costumbre saludó a los presentes –amigos, familiares cercanos, conocidos del séquito real- estrechó abrazos e intercambió besos en ambas mejillas, y con los demás una que otra reverencia, o nada. Después bailó el insoportable vals con Rey padre y de esa forma se dio comienzo al baile en el salón correspondiente, una habitación muy amplia, de techo alto cubierto de par en par por una delicada pintura, esas de ángeles y nubes, hecha por un artista italiano contratado por sus padres. Estuvo presente un poco ahí y otro tanto en el jardín en donde habían dispuesto la comilona, en el interín intercambió charlas banales con la Reina madre, charlas que viraban de los buenos modales que una princesa debe tener, el trato despótico que una princesa debe seguir con los sirvientes, los regalos que la princesa recibió, la dieta que la princesa debe cumplir para ser bella y bien amada, todas cuestiones que ella se sabía de memoria y que para sus entrantes nueve años empezaban a trastornarla y le generaban un peculiar rechazo que todavía no podía terminar de entender.
Transcurridas dos horas, pudo escabullirse perdiéndose en la multitud que ya para esos momentos más de la mitad estaba ebria, contabilizándose en esa mitad su propio padre.
Se fue alejando lo más que pudo, lo cual iba haciendo que vaya en dirección al sótano, lugar en el que nunca había estado y al que hasta ese día nunca se había atrevido siquiera a ir, pues se trataba de un lugar oscuro, frío y sombrío del que los siervos rumoreaban con temor y preferían evitar, mas la princesa fue. Se sentía rara pero satisfecha, al menos no tenía que pasar el cumpleaños otra vez con toda esa gente desvariada e inepta, dos cualidades que empezó a usar para describirla. Cuando llegó a la descendente escalera para ingresar al sótano, tuvo que ejercer su autoridad en el guardia que dubitativo al final le dio paso; al fin y al cabo ella era la heredera y hoy era su cumpleaños. Y entró al sótano, sí que era feo. No estaba muy alumbrado, alguna que otra antorcha dispuesta en las paredes le permitía divisar cosas amontonadas: muebles pasados de moda según el criterio de su madre, pilas y pilas de libros y manuscritos cubiertos de polvo, bueno, todo estaba cubierto de polvo en ese lugar del palacio. También notó, más o menos, que estaban mezclados en el montón, juguetes que ella había usado cuando era más pequeña. Prácticamente a los tumbos se fue inmiscuyendo en la habitación, intuía que era por ahí aquello que estaba por cambiar su rutina, por eso decidió caminar hasta las profundidades del sótano, hasta donde la luz de las antorchas no alcanzaban a llegar. Ahora a ciegas, iba dando lentos pasitos con los brazos extendidos y las manos dispuestas para tantear su alrededor, y tropezó bruscamente con quién sabe qué objeto, hecho que plasmó el ambiente con un retumbante ruido a desastre. Otra vez tuvo que ejercer esa maldita autoridad para poder continuar con la odisea sin ser interrumpida y desterrada de esa habitación, y condenada a pasar el resto de sus días prisionera de su condición; porque la princesa tiene que llevar una vida armoniosa y tranquila, el Santo Espíritu así lo quiere, como los ministros recomendaban a sus padres. Ella sabía que el mundo no era lo que le decían que era, porque su curiosidad interrogó varias veces, cuando podía llegar a hacerlo a espaldas de los reyes y el séquito, a los siervos. Ellos le confesaron las calamidades que afuera de palacio se padecían, cuestión que movilizaba sus criterios.
Se fue alejando lo más que pudo, lo cual iba haciendo que vaya en dirección al sótano, lugar en el que nunca había estado y al que hasta ese día nunca se había atrevido siquiera a ir, pues se trataba de un lugar oscuro, frío y sombrío del que los siervos rumoreaban con temor y preferían evitar, mas la princesa fue. Se sentía rara pero satisfecha, al menos no tenía que pasar el cumpleaños otra vez con toda esa gente desvariada e inepta, dos cualidades que empezó a usar para describirla. Cuando llegó a la descendente escalera para ingresar al sótano, tuvo que ejercer su autoridad en el guardia que dubitativo al final le dio paso; al fin y al cabo ella era la heredera y hoy era su cumpleaños. Y entró al sótano, sí que era feo. No estaba muy alumbrado, alguna que otra antorcha dispuesta en las paredes le permitía divisar cosas amontonadas: muebles pasados de moda según el criterio de su madre, pilas y pilas de libros y manuscritos cubiertos de polvo, bueno, todo estaba cubierto de polvo en ese lugar del palacio. También notó, más o menos, que estaban mezclados en el montón, juguetes que ella había usado cuando era más pequeña. Prácticamente a los tumbos se fue inmiscuyendo en la habitación, intuía que era por ahí aquello que estaba por cambiar su rutina, por eso decidió caminar hasta las profundidades del sótano, hasta donde la luz de las antorchas no alcanzaban a llegar. Ahora a ciegas, iba dando lentos pasitos con los brazos extendidos y las manos dispuestas para tantear su alrededor, y tropezó bruscamente con quién sabe qué objeto, hecho que plasmó el ambiente con un retumbante ruido a desastre. Otra vez tuvo que ejercer esa maldita autoridad para poder continuar con la odisea sin ser interrumpida y desterrada de esa habitación, y condenada a pasar el resto de sus días prisionera de su condición; porque la princesa tiene que llevar una vida armoniosa y tranquila, el Santo Espíritu así lo quiere, como los ministros recomendaban a sus padres. Ella sabía que el mundo no era lo que le decían que era, porque su curiosidad interrogó varias veces, cuando podía llegar a hacerlo a espaldas de los reyes y el séquito, a los siervos. Ellos le confesaron las calamidades que afuera de palacio se padecían, cuestión que movilizaba sus criterios.
Y cuando logró deshacerse del guardia que por poco y entraba al sótano, se dejó ver frente suyo. Fue extraño, porque la oscuridad era muy espesa, pero los ojos azabache de la cumpleañera podían verlo. Sin más se incorporó y durante un minuto el unicornio y la princesa se cautivaron frente a frente. Sin mover las bocas, ambos conversaron.
- Al fin has venido, Alexandra- le dijo el unicornio a la princesa.
- ¿Quién eres, qué eres? ¿Por qué vives aquí?- le preguntó ella.
El unicornio permaneció unos segundos observador hasta que decidió responderle las preguntas – Soy Krameal, soy lo que ustedes los humanos llaman unicornio, y no vivo aquí, ¿acaso piensas que tengo tan espantoso gusto para escoger mi morada?
-Me parece que no, ¿y de dónde eres, qué haces entonces aquí, Krameal?- volvió a consultarle la princesa.
- Tu padre me ha capturado hace once años, y hace once años que no hablaba con alguien. Me ha encerrado en una jaula de barrotes que mi magia no puede destruir, estoy cerca de la muerte, hace mucho que no me alimento pues el sol no llega en donde me han encerrado- el unicornio transmitía tristeza, mucha tristeza.
- Pero yo no te veo en ninguna jaula…- cuestionó pensativa.
- Estoy usando la poca magia que me queda para comunicarme con el único humano de este lugar que tiene gran corazón, soy un espectro de mi verdadero ser- le confesó el unicornio-. Por favor, sígueme y te mostraré mi cuerpo.
- Al fin has venido, Alexandra- le dijo el unicornio a la princesa.
- ¿Quién eres, qué eres? ¿Por qué vives aquí?- le preguntó ella.
El unicornio permaneció unos segundos observador hasta que decidió responderle las preguntas – Soy Krameal, soy lo que ustedes los humanos llaman unicornio, y no vivo aquí, ¿acaso piensas que tengo tan espantoso gusto para escoger mi morada?
-Me parece que no, ¿y de dónde eres, qué haces entonces aquí, Krameal?- volvió a consultarle la princesa.
- Tu padre me ha capturado hace once años, y hace once años que no hablaba con alguien. Me ha encerrado en una jaula de barrotes que mi magia no puede destruir, estoy cerca de la muerte, hace mucho que no me alimento pues el sol no llega en donde me han encerrado- el unicornio transmitía tristeza, mucha tristeza.
- Pero yo no te veo en ninguna jaula…- cuestionó pensativa.
- Estoy usando la poca magia que me queda para comunicarme con el único humano de este lugar que tiene gran corazón, soy un espectro de mi verdadero ser- le confesó el unicornio-. Por favor, sígueme y te mostraré mi cuerpo.
Fue así que la princesa siguió al holograma del unicornio, iba flotando, sumergiéndose aún más en lo profundo de la habitación, bien al fondo. Traspasaron muchas cosas, ella tuvo que pisar sobre varias y saltarlas para poder seguir con la travesía. Entonces el unicornio espectral cesó y le dijo – Mírame con tu valeroso corazón, y descubrirás mi prisión-. Luego ella cerró los ojos por un momento, se reconcentró en una cálida cosquilla circundante, y cuando sintió que la calidez la regocijaba y le daba paz, los volvió a abrir y delante vio la espantosa jaula circular de gruesos barrotes de hierro, de 4 metros cuadrados por 5 metros de alto, y en medio, sobre el duro y helado suelo, sin agua y sin alimento estaba agonizando el unicornio. Él abrió sus cristalinos ojos y vio a la princesa.
- Me has encontrado, Alexandra- le dijo sin mover la boca.
Desesperada, y aún sin poder entender por qué su padre había hecho algo tan brutal, empezó a caminar alrededor de la jaula para encontrar la abertura – No mueras, Krameal, yo te voy a liberar, aguanta un poquito más- rogó ella al unicornio.
- Sé que a pocos pasos encontrarás eso con que ustedes desgastan este material, ve hacia tu izquierda, unos siete pasos- aconsejó él.
Sin perder ni un segundo, la princesa hizo lo que el unicornio había dicho, y fue así que encontró una lima bastante buena. Volvió con la herramienta en mano y empezó con el trabajo: limó y limó el gran candado que cerraba el pasador de la jaula. Resultó ser una tarea difícil, pero la princesa al fin logró el cometido, entonces rompió el candado, lo dejó caer al suelo y abrió la puerta. Entró a la jaula y abrazó arrojándose a él, al unicornio. - ¡Vamos Krameal, tenemos que salir de aquí!- exclamó.
- Muchas gracias por escucharme- le agradeció el unicornio mientras intentaba incorporarse.
- Me has encontrado, Alexandra- le dijo sin mover la boca.
Desesperada, y aún sin poder entender por qué su padre había hecho algo tan brutal, empezó a caminar alrededor de la jaula para encontrar la abertura – No mueras, Krameal, yo te voy a liberar, aguanta un poquito más- rogó ella al unicornio.
- Sé que a pocos pasos encontrarás eso con que ustedes desgastan este material, ve hacia tu izquierda, unos siete pasos- aconsejó él.
Sin perder ni un segundo, la princesa hizo lo que el unicornio había dicho, y fue así que encontró una lima bastante buena. Volvió con la herramienta en mano y empezó con el trabajo: limó y limó el gran candado que cerraba el pasador de la jaula. Resultó ser una tarea difícil, pero la princesa al fin logró el cometido, entonces rompió el candado, lo dejó caer al suelo y abrió la puerta. Entró a la jaula y abrazó arrojándose a él, al unicornio. - ¡Vamos Krameal, tenemos que salir de aquí!- exclamó.
- Muchas gracias por escucharme- le agradeció el unicornio mientras intentaba incorporarse.
En verdad que estaba débil, casi no podía dar paso, así y todo, fueron hasta la salida del sótano. A su favor, era el momento del recambio en la vigilancia y dado que el guardia no quería perderse el festín, huyó del puesto un rato antes de la llegada de su reemplazo. Y salieron…
Tomaron el camino que iba directo a los jardines reales, y a causa de la magia de Krameal que de a poco su cuerno espiralado generaba, pues la luz de los ventanales lo iluminaba, pasaban desapercibidos por la muchedumbre ebria y descompuesta. Y pisaron el césped, y olieron el aroma de las flores. Cruzaron por delante de la mismísima reina sin ser vistos y se internaron en el bosque que crecía hace muchas generaciones, pero aún estaban en los dominios de la realeza.
- ¿A dónde vas?- consultó de pronto la princesa al unicornio.
- Lejos de aquí, donde ningún humano pueda verme- le respondió cesando un instante la marcha.
- Llévame contigo, Krameal- pidió la princesa-. Mi mundo no es mi mundo. Son perversos, mi padre y mi madre hacen sufrir a mucha gente, te han encerrado y casi mueres. A mi también me encierran…- y lo miró a los ojos cristalinos y bondadosos.
- Eres una buena persona, pero no puedes venir conmigo, Alexandra.
- ¡Por favor, te lo suplico! Yo también moriré si me dejar aquí con ellos.
El unicornio hizo brillar su cuerno espiralado, la brisa le arremolinaba sus onduladas crines del color de la Luna, y los cristalinos ojos miraron a su compañera. Ella se reflejaba en el iris de Krameal, era la silueta de otro unicornio.
Tomaron el camino que iba directo a los jardines reales, y a causa de la magia de Krameal que de a poco su cuerno espiralado generaba, pues la luz de los ventanales lo iluminaba, pasaban desapercibidos por la muchedumbre ebria y descompuesta. Y pisaron el césped, y olieron el aroma de las flores. Cruzaron por delante de la mismísima reina sin ser vistos y se internaron en el bosque que crecía hace muchas generaciones, pero aún estaban en los dominios de la realeza.
- ¿A dónde vas?- consultó de pronto la princesa al unicornio.
- Lejos de aquí, donde ningún humano pueda verme- le respondió cesando un instante la marcha.
- Llévame contigo, Krameal- pidió la princesa-. Mi mundo no es mi mundo. Son perversos, mi padre y mi madre hacen sufrir a mucha gente, te han encerrado y casi mueres. A mi también me encierran…- y lo miró a los ojos cristalinos y bondadosos.
- Eres una buena persona, pero no puedes venir conmigo, Alexandra.
- ¡Por favor, te lo suplico! Yo también moriré si me dejar aquí con ellos.
El unicornio hizo brillar su cuerno espiralado, la brisa le arremolinaba sus onduladas crines del color de la Luna, y los cristalinos ojos miraron a su compañera. Ella se reflejaba en el iris de Krameal, era la silueta de otro unicornio.
Ambos se alejaron al galope para nunca jamás regresar. Las flores brotaban a su paso.
A. M.

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