Sinopsis
Hay sueños que nos quedan grabados para siempre.
Esta es la historia de un sueño peculiar de dos hermanos en el cual, al pedido de unos seres fantásticos que conocen en él, llevan a cabo una hazaña.
Brindando su ayuda, Helena y Tomás descubrirán la magia de los sueños.
Brindando su ayuda, Helena y Tomás descubrirán la magia de los sueños.
La noche mágica de Helena y Tomás ofrece a las y los lectores más jóvenes la entrada al mundo de la fantasía incitando la imaginación tanto desde lo visual como desde lo literario. La realidad y la magia se unen en este cuento para reavivar las llamas de la emancipación.
*
Esta es la historia de ese mundo
mágico donde cosas increíbles pueden suceder, pero que muchas veces no es
recordado. Esta es una historia de un sueño.
Como
la mayoría de los niños de cuatro y seis años, al dar el reloj las diez de la
noche, los dos hermanos, Helena y Tomás, se iba a dormir. A veces por su
cuenta, y a veces medio a los berrinches cuando mamá y papá se ponían
insistentes en no dejar que sigan despiertos.
Ocurrió en una noche de enero, luego
de haber pasado dos horas de haberse quedado dormidos, cuando Helena, la más
pequeña de los dos, abrió los ojos y vio cómo ella y Tomás estaban acostados no
en su cama cucheta, sino en dos flores enormes muy parecidas a las margaritas,
pero cada pétalo era de un color diferente: rojos, violetas, amarillos,
turquesas, naranjas, azules, verdes y muchos más. Asombrada se dio cuenta que
tampoco estaban en su habitación, sino en una plaza, ¡no, era más grande!
Estaban en un parque, pero Helena no sabía en cuál.
-
¡Tomás, Tomás! - lo llamó desde abajo sin haberse bajado de la flor.
Entonces,
Tomás fue despertándose. Al poco tiempo, se dio cuenta de lo mismo que Helena
ya había visto. Se sentó en la flor y le dijo a Helena - ¿Qué está pasando?
-
No sé, ¿dónde estamos? - contestó ella.
-
Vamos a ver – dijo decidido Tomás – Si queremos saber qué pasa, hay que ir a
averiguarlo.
Como
era su costumbre al bajar de la cama, Tomás dio un salto al suelo, que ahora en
vez de ser un piso de grandes cerámicas color beige, era pasto verde que se
extendía hasta donde ellos llegaban a ver – Seguime Helena – tomó a su hermana
de la mano. Ella bajó de la flor, y juntos fueron dando los primeros pasos en
ese mundo en el que estaban.
De a poco, empezaron a aparecer
árboles altos y de gran follaje: ellos avanzaban y sus ojos empezaban a ver
árboles que antes no veían. ¿Acaso todo estaba cambiando?, pensaron Tomás y
Helena. Sí, así era, porque si bien el suelo era pasto, ahora el mundo parecía
más un bosque que un parque. Habían aparecido muchísimos árboles, algunos con
los troncos llenos de nudos, otros parecían más jóvenes, y tenían los troncos
finos y más claros. Había árboles con los tallos colgantes y hojas pequeñas, y
otros con tallos que se extendían hacia el cielo.
Y de pronto, apareció un sin fin de
hadas brillando como lucesitas que
volaban por los aires, de aquí para allá, dejando sus resplandores. Helena y
Tomás se sorprendieron bastante, porque nunca antes habían visto hadas; eso
sólo pasaba en los cuentos. Pero las estaban viendo, no podían llegar a
contarlas, porque todavía no habían aprendido a contar más de cien.
En ese momento, algunas se les
acercaron y se le apoyaron en el cuerpo. A Tomás se le apoyó una en la cabeza,
otra en el hombro del lado derecho, y otras dos le revolotearon por la espalda
y la cintura. A Helena, una se paró frente a ella en el pasto, otra en el
hombro izquierdo, y una más se quedó volando frente sus ojos negros. Y
entonces, el hada que se había parado en el pasto les habló. Muy distinto a lo
que ellos se imaginaban de las voces de las hadas, les habló con una voz que
oyeron muy bien y sonaba como la de las mujeres más grandes.
-
Gracias por venir hasta aquí. Necesitamos de su ayuda para liberar a uno de
nuestros amigos de una trampa en la que ha quedado atrapado.
-
Perdón, ¿pero ustedes nos pueden decir dónde estamos? - le preguntó al hada
Helena.
-
¿Pero es que no lo saben? ¡Vamos, sígannos! - y salió volando seguida por las
demás.
- ¡Hey, esperen! - les gritó Tomás con
la mano levantada. Así es que no les quedó otra alternativa que seguir al grupo
de hadas. Habían dicho que necesitaban de su ayuda...
Esquivando
los árboles, corrieron lo más rápido que pudieron detrás de las veloces hadas.
Pero imprevisiblemente no hubo más bosque, de un momento a otro desapareció y
lo único que vieron delante de ellos fue una escalera blanca flotando en el
espacio. Miraron hacia donde terminaba la escalera, y vieron que el grupo de
hadas los esperaba y los estaba llamando.
-
¡Vengan, suban, vamos! Ustedes son los únicos que pueden salvar a nuestro
amigo.
Helena
y Tomás se miraron.
-
Yo quiero ayudar al amigo de las hadas... – le dijo con ojos tristes Helena a
Tomás, la típica mirada que le ponía cuando quería convencerlo de algo sin
decírselo directamente.
-
Sí. Y yo quiero saber qué es este lugar, creo que del otro lado de esa puerta
al final de la escalera, vamos a encontrar la respuesta.
- ¡Sí! - dijo Helena, ahora con el
rostro más animado.
Así
fue como Tomás y Helena se decidieron, y subieron por la escalera más larga y
más extraña que hubieran visto en sus vidas. No tenía barrotes e iba subiendo a
veces en forma de espiral, otras veces formando rectángulos, también haciendo
curvas horizontales y verticales. Y a los lados de la escalera, nada. Se
parecía mucho al espacio, en donde los planetas, las estrellas, los meteoritos,
los astros están. En un momento se les ocurrió mirar hacia abajo, pero no
supieron encontrar un abajo, porque la escalera había dado tantas vueltas que
habían perdido de vista el extremo desde donde entraron en la escalera y
salieron del bosque.
Y
entonces, subieron los últimos cinco escalones y llegaron a un pequeño piso
como un cuadrado que iba cambiando de colores. Ahí mismo había una puerta color
azul. Escucharon las voces de las hadas que les decían - ¡Ábranla! -, pero
miraron a su alrededor y ellas ya no estaban allí. Un poco asustados,
intercambiaron una mirada entre los dos como para consultarse - ¿qué hacemos?
-, y al mismo tiempo pusieron sus manos en la manija, la bajaron y abrieron la
puerta.
Cruzaron
la puerta algo tímidos, y cuando vieron el nuevo lugar al que estaban entrando,
se sorprendieron: era una habitación como cualquier habitación de chicos de su
edad. A primera vista no parecía haber nada extraño, pero... Fue cuando Helena
dijo – ¡Tomás, mirá! -, él fijó la vista hacia donde Helena le estaba
señalando, y ahí él también lo vio.
Había
un fénix encerrado en una jaula. Sabían que era un fénix porque era un pájaro
de plumas rojas, naranjas y amarillas, de tamaño como un perro grande, el pico
como las águilas, pero muy parecido a los pavos reales. Y en ese momento,
mientras Helena y Tomás contemplaban al ave fénix, las hadas aparecieron otra
vez. Y la que antes les había hablado, comenzó a decirles – Necesitamos que
liberen a nuestro amigo. Nosotras no podemos porque es una jaula soñada para
encerrar seres mágicos, nuestras habilidades no sirven.
-
¿Soñada, cómo? - preguntó Tomás.
- ¿Pero que todavía no se
han dado cuenta? - exclamó el hada – Este es el mundo de los sueños, donde los
sueños viven. A veces ocurre que los sueños son tan fuertes que llegan a
quedarse muy memorizados y sus efectos crean realidades en este mundo. Nuestro
amigo ha sido capturado por una persona que sueña con encontrar al ave fénix.
Lo malo es que quiere atraparlo y encerrarlo así, en una jaula especial para
que no pueda escapar y así poder contemplarlo hasta el fin de sus días.
-
Nosotros podemos abrir esa jaula – afirmó Tomás.
- Entonces abrámosla – agregó
Helena.
Juntos,
como cuando habían abierto la puerta para entrar al sueño de esta persona donde
tenía atrapado al ave fénix, pusieron sus manos en la traba que cerraba la
puerta de la jaula, hicieron un poco de presión, y lograron abrirla. Y fue en
ese instante que el ave fénix salió volando de la jaula como una estela, luego
desplegó sus radiantes alas y les habló a la mente – Muchas gracias, me han
liberado. Ahora puedo volver con mis amigos del mundo mágico.
Pero
sin que Helena y Tomás llegaran a responder a tan bellas palabras, abrieron los
ojos y Helena vio las tablas de la cama de su hermano, y Tomás el techo de su
habitación. Entonces, con la memoria muy fresca Tomás se arqueó hacia abajo y
Helena lo miró. Y a lo lejos, les pareció escuchar el canto de un ave. Tomás
saltó de su cama al centro de la habitación y Helena se paró al lado de su
hermano. Y miraron al suelo donde encontraron una pluma del ave fénix, que
guardarían para nunca más olvidar el día en que lo liberaron.
FIN
Escrito por A. M.
Ilustrado por Hare Bari
Versión impresa disponible, solicitar a las autoras a:
ana.papelyfantasia@gmail.com o a arboldeplumas@hotmail.com

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