viernes, 19 de abril de 2013

La noche mágica de Helena y Tomás


Sinopsis
Hay sueños que nos quedan grabados para siempre.
Esta es la historia de un sueño peculiar de dos hermanos en el cual, al pedido de unos seres fantásticos que conocen en él, llevan a cabo una hazaña.
Brindando su ayuda, Helena y Tomás descubrirán la magia de los sueños.
La noche mágica de Helena y Tomás ofrece a las y los lectores más jóvenes la entrada al mundo de la fantasía incitando la imaginación tanto desde lo visual como desde lo literario. La realidad y la magia se unen en este cuento para reavivar las llamas de la emancipación.

*
Esta es la historia de ese mundo mágico donde cosas increíbles pueden suceder, pero que muchas veces no es recordado. Esta es una historia de un sueño.

            Como la mayoría de los niños de cuatro y seis años, al dar el reloj las diez de la noche, los dos hermanos, Helena y Tomás, se iba a dormir. A veces por su cuenta, y a veces medio a los berrinches cuando mamá y papá se ponían insistentes en no dejar que sigan despiertos.

            Ocurrió en una noche de enero, luego de haber pasado dos horas de haberse quedado dormidos, cuando Helena, la más pequeña de los dos, abrió los ojos y vio cómo ella y Tomás estaban acostados no en su cama cucheta, sino en dos flores enormes muy parecidas a las margaritas, pero cada pétalo era de un color diferente: rojos, violetas, amarillos, turquesas, naranjas, azules, verdes y muchos más. Asombrada se dio cuenta que tampoco estaban en su habitación, sino en una plaza, ¡no, era más grande! Estaban en un parque, pero Helena no sabía en cuál.
            - ¡Tomás, Tomás! - lo llamó desde abajo sin haberse bajado de la flor.
            Entonces, Tomás fue despertándose. Al poco tiempo, se dio cuenta de lo mismo que Helena ya había visto. Se sentó en la flor y le dijo a Helena - ¿Qué está pasando?
            - No sé, ¿dónde estamos? - contestó ella.
            - Vamos a ver – dijo decidido Tomás – Si queremos saber qué pasa, hay que ir a averiguarlo.

            Como era su costumbre al bajar de la cama, Tomás dio un salto al suelo, que ahora en vez de ser un piso de grandes cerámicas color beige, era pasto verde que se extendía hasta donde ellos llegaban a ver – Seguime Helena – tomó a su hermana de la mano. Ella bajó de la flor, y juntos fueron dando los primeros pasos en ese mundo en el que estaban.

            De a poco, empezaron a aparecer árboles altos y de gran follaje: ellos avanzaban y sus ojos empezaban a ver árboles que antes no veían. ¿Acaso todo estaba cambiando?, pensaron Tomás y Helena. Sí, así era, porque si bien el suelo era pasto, ahora el mundo parecía más un bosque que un parque. Habían aparecido muchísimos árboles, algunos con los troncos llenos de nudos, otros parecían más jóvenes, y tenían los troncos finos y más claros. Había árboles con los tallos colgantes y hojas pequeñas, y otros con tallos que se extendían hacia el cielo.

           Y de pronto, apareció un sin fin de hadas brillando como lucesitas  que volaban por los aires, de aquí para allá, dejando sus resplandores. Helena y Tomás se sorprendieron bastante, porque nunca antes habían visto hadas; eso sólo pasaba en los cuentos. Pero las estaban viendo, no podían llegar a contarlas, porque todavía no habían aprendido a contar más de cien.

            En ese momento, algunas se les acercaron y se le apoyaron en el cuerpo. A Tomás se le apoyó una en la cabeza, otra en el hombro del lado derecho, y otras dos le revolotearon por la espalda y la cintura. A Helena, una se paró frente a ella en el pasto, otra en el hombro izquierdo, y una más se quedó volando frente sus ojos negros. Y entonces, el hada que se había parado en el pasto les habló. Muy distinto a lo que ellos se imaginaban de las voces de las hadas, les habló con una voz que oyeron muy bien y sonaba como la de las mujeres más grandes.
            - Gracias por venir hasta aquí. Necesitamos de su ayuda para liberar a uno de nuestros amigos de una trampa en la que ha quedado atrapado.
            - Perdón, ¿pero ustedes nos pueden decir dónde estamos? - le preguntó al hada Helena.
            - ¿Pero es que no lo saben? ¡Vamos, sígannos! - y salió volando seguida por las demás.
       - ¡Hey, esperen! - les gritó Tomás con la mano levantada. Así es que no les quedó otra alternativa que seguir al grupo de hadas. Habían dicho que necesitaban de su ayuda...

            Esquivando los árboles, corrieron lo más rápido que pudieron detrás de las veloces hadas. Pero imprevisiblemente no hubo más bosque, de un momento a otro desapareció y lo único que vieron delante de ellos fue una escalera blanca flotando en el espacio. Miraron hacia donde terminaba la escalera, y vieron que el grupo de hadas los esperaba y los estaba llamando.
            - ¡Vengan, suban, vamos! Ustedes son los únicos que pueden salvar a nuestro amigo.
            Helena y Tomás se miraron.
            - Yo quiero ayudar al amigo de las hadas... – le dijo con ojos tristes Helena a Tomás, la típica mirada que le ponía cuando quería convencerlo de algo sin decírselo directamente.
            - Sí. Y yo quiero saber qué es este lugar, creo que del otro lado de esa puerta al final de la escalera, vamos a encontrar la respuesta.
            - ¡Sí! - dijo Helena, ahora con el rostro más animado.

            Así fue como Tomás y Helena se decidieron, y subieron por la escalera más larga y más extraña que hubieran visto en sus vidas. No tenía barrotes e iba subiendo a veces en forma de espiral, otras veces formando rectángulos, también haciendo curvas horizontales y verticales. Y a los lados de la escalera, nada. Se parecía mucho al espacio, en donde los planetas, las estrellas, los meteoritos, los astros están. En un momento se les ocurrió mirar hacia abajo, pero no supieron encontrar un abajo, porque la escalera había dado tantas vueltas que habían perdido de vista el extremo desde donde entraron en la escalera y salieron del bosque.

            Y entonces, subieron los últimos cinco escalones y llegaron a un pequeño piso como un cuadrado que iba cambiando de colores. Ahí mismo había una puerta color azul. Escucharon las voces de las hadas que les decían - ¡Ábranla! -, pero miraron a su alrededor y ellas ya no estaban allí. Un poco asustados, intercambiaron una mirada entre los dos como para consultarse - ¿qué hacemos? -, y al mismo tiempo pusieron sus manos en la manija, la bajaron y abrieron la puerta.

            Cruzaron la puerta algo tímidos, y cuando vieron el nuevo lugar al que estaban entrando, se sorprendieron: era una habitación como cualquier habitación de chicos de su edad. A primera vista no parecía haber nada extraño, pero... Fue cuando Helena dijo – ¡Tomás, mirá! -, él fijó la vista hacia donde Helena le estaba señalando, y ahí él también lo vio.

            Había un fénix encerrado en una jaula. Sabían que era un fénix porque era un pájaro de plumas rojas, naranjas y amarillas, de tamaño como un perro grande, el pico como las águilas, pero muy parecido a los pavos reales. Y en ese momento, mientras Helena y Tomás contemplaban al ave fénix, las hadas aparecieron otra vez. Y la que antes les había hablado, comenzó a decirles – Necesitamos que liberen a nuestro amigo. Nosotras no podemos porque es una jaula soñada para encerrar seres mágicos, nuestras habilidades no sirven.
            - ¿Soñada, cómo? - preguntó Tomás.
            - ¿Pero que todavía no se han dado cuenta? - exclamó el hada – Este es el mundo de los sueños, donde los sueños viven. A veces ocurre que los sueños son tan fuertes que llegan a quedarse muy memorizados y sus efectos crean realidades en este mundo. Nuestro amigo ha sido capturado por una persona que sueña con encontrar al ave fénix. Lo malo es que quiere atraparlo y encerrarlo así, en una jaula especial para que no pueda escapar y así poder contemplarlo hasta el fin de sus días.
            - Nosotros podemos abrir esa jaula – afirmó Tomás.
            - Entonces abrámosla – agregó Helena.

            Juntos, como cuando habían abierto la puerta para entrar al sueño de esta persona donde tenía atrapado al ave fénix, pusieron sus manos en la traba que cerraba la puerta de la jaula, hicieron un poco de presión, y lograron abrirla. Y fue en ese instante que el ave fénix salió volando de la jaula como una estela, luego desplegó sus radiantes alas y les habló a la mente – Muchas gracias, me han liberado. Ahora puedo volver con mis amigos del mundo mágico.

            Pero sin que Helena y Tomás llegaran a responder a tan bellas palabras, abrieron los ojos y Helena vio las tablas de la cama de su hermano, y Tomás el techo de su habitación. Entonces, con la memoria muy fresca Tomás se arqueó hacia abajo y Helena lo miró. Y a lo lejos, les pareció escuchar el canto de un ave. Tomás saltó de su cama al centro de la habitación y Helena se paró al lado de su hermano. Y miraron al suelo donde encontraron una pluma del ave fénix, que guardarían para nunca más olvidar el día en que lo liberaron.


FIN


Escrito por A. M.
Ilustrado por Hare Bari 

Versión impresa disponible, solicitar a las autoras a: 

ana.papelyfantasia@gmail.com o a arboldeplumas@hotmail.com

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