Primera Parte: Ahogo.
Se siente plácido, me encuentro nadando en una amplia
piscina de natación. Nado estilo crol, nado de espaldas, también intento con el
nado mariposa, pero no me sale tan bien. El ambiente se siente cómodo, es un
lugar que parece ser algún club con pileta olímpica, el olor a cloro se
impregna en mi olfato.
Pero empiezo a sentir que hay algo que no está
bien, el agua empieza a sentirse pesada, espesa… Es entonces que me da
curiosidad saber por qué no estoy sintiendo el ambiente cómodo como hasta ese
momento, miro alrededor, y encuentro la respuesta: ahora nado en un manantial
de sangre.
Ya no hay olor a
cloro, hay olor a sangre, un olor que puedo describir mezcla metalizado y
mezcla putrefacción. Las aguas color rojo profundo me empiezan a envolver, y yo
empiezo a impacientarme, me asusto, me asusta la pileta de sangre. Intento
nadar implementando todo tipo de braceos y pataleos, para llegar lo antes
posible al borde, pero de forma progresiva, mi cuerpo no se mueve. La espesa
sangre comienza a inmiscuirse por mi boca, intento gritar y, una y otra vez,
arrojo braceos desesperados y me salpico el rostro, en vano exhalo un alarido;
allí no hay nadie, tampoco las palabras me salen. Empiezo a ingerir e ingerir
esa pesada sangre, “¿la respiración?” pensé, porque quería inhalar un poco de
aire, y no podía. No siento estar respirando a pesar de intentarlo.
Y cuando estaba a
punto de hundirme en el mar sanguinolento, la vi por primera vez. Desde el ventanal
del pasillo que conecta los vestuarios con la pileta, me miraba ahogarme en
sangre una niña como mucho de siete años, de cabello castaño, largo y lacio, pálida.
Vestida, por lo que llegué a ver, con un jardinero y camisa de manguitas
abuchonadas.
A pesar de intentarlo una y otra
vez, no pude respirar… la fuerza me abandonó, el cansancio saturó mi cuerpo, y
mientras ella continuaba avistándome sin expresión alguna, las olas de sangre
me envolvieron y me ahogué.
Segunda Parte: Regurgitación.
Tenía
que haber sido un sueño, más que sueño, una nefasta pesadilla, de esas que
sentís tanto que te parecen reales, porque hasta sentís olor. Sí, fue una
pesadilla, qué bueno, claro, cómo podía ser verdad, qué tontería, nadar en
sangre, fui pensando mientras me dirigía al baño. Con tranquilidad, entré. Pero
otra vez había algo que no encajaba con mis parámetros de “baño de mi casa”.
Así y todo, entré. Crucé el umbral y ahora estaba ahí: era todo blanco, los
sanitarios, los azulejos, la bañera, la cortina, el interruptor, los enchufes,
todo blanco, excepto la grifería que brillaba, al parecer era de bronce. Miré
un poco más y me di cuenta que efectivamente ese no era mi baño, resultaba ser
más antiguo y lujoso, y cuando logré razonarlo un vuelco estomacal me dobló a
la mitad, retorcijones inaguantables hicieron que me abrace el vientre. De
golpe me tumbé sobre el inodoro: sangre. Mis ojos veían chorros y chorros de
sangre manchando el interior del inodoro, después empezaron a salpicar el borde
y el piso, también las baldosas blancas.
Se me estruja el estómago y vomito sangre, se estruja mi
estómago y otra vez vomito espesa sangre. Sin parar, emanaciones de sangre. Huelo
sangre coagulada, y veo baldosas salpicadas de rojo. Me intento limpiar la boca
con las manos, pero me las mancho, entonces dejo marcas borrosas de mis dedos en
la parte interior de la tapa del inodoro que había levantado antes de volcarme,
y también en los azulejos, después de haberme apoyado al intentar incorporarme,
en vano.
En esa intensa y enferma situación, siento que me están
viendo, me volteo mareado para mirar hacia la puerta, y otra vez, ahí parada
sin expresión, pálida y vestida con el jardinero de jean y la camisa de magas
abuchonadas color blanca con florcitas rosas y cuello de volados; la niña de
aire siniestro me estaba observando.
- ¿Estás bien? - me dice de pronto con su
voz aniñada aguda.
- Sí - atiné a responderle, porque sentía
que esa era la verdad, me sentía mejor.
Y en silencio la siniestra niña me cautivaba,
mientras la sangre se salía de mis entrañas. Los dolores, aunque persistían,
iban siendo más leves.
Tercera Parte: Regreso.
Abrí de golpe los ojos y vi el techo de mi cuarto.
Estaba transpirado, las sábanas estaban húmedas. Sentí que el corazón me latía
a mil por hora. Recordando las pesadillas, me palpé la boca, los dientes, la
lengua, y después de mirarme las manos, me di cuenta que ya había despertado, todo
había concluido, al fin, otra vez en la realidad. Ese pensamiento me alivió y
dejé de transpirar. Tenía la boca seca, por eso decidí servirme un poco de
agua.
Me levanté de la cama y fui directo a la cocina,
llegué, y encendí la luz. Un espasmo de un temor indescriptible me paralizó,
porque allí, extendiendo un brazo ofreciéndome un vaso con sangre, estaba la
siniestra niña.
A. M.

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