viernes, 3 de mayo de 2013

Anillos de Ingenuidad



Eran las costas de un extenso mar de aguas verdes y azulinas, corría una cálida brisa que daba regocijo cuando rozaba un rostro. La arena brillaba y el sol se alzaba fulguroso en el amplio cielo. A lo lejos, el sonido del agua rompiendo sobre las rocas, y de vez en cuando, se oía pasar una bandada de gaviotas revoloteando, cada sonido parecía ser único, irrepetible, especial; un lugar para el deleite de un fotógrafo locuaz y para los que buscan una distensión cien por ciento asegurada, playas serenas y alejadas de los cúmulos de gentío.
Ahora pasaba una parejita, que por poco y las cabezas salpican arroz. Como la mayoría de esas pequeñas relaciones sociales que pasaban a conocer, llevaban colgada de alguna parte del cuerpo, por lo general de la muñeca y también del cuello, sus cámaras de vídeo y fotográficas. Se los veía felices, entusiasmados, el lugar les estaba pareciendo fantástico, pues sus cambios de planes estaban valiendo la pena. Caminaban tomados de la mano desocupada, en el caso de ella la izquierda y la de él, la derecha, sintiendo la arena húmeda en los pies, de tanto en tanto, el mar les mojaba los talones. Se miraban y sonreían, avistaban lo maravilloso del paisaje lugareño, y se besaban. Oían el sonido placentero, relajante, calmo, inmenso…
Continuaban transitando por la costa, que se fue achicando dando lugar al acantilado, las piedras se habían hecho grandes. Para entonces, el agua les salpicaba los rostros ruborizados, ahora el olor del mar se impregnaba en sus narices, se iba inmiscuyendo hasta ser nítido y total. Y las olas azotaban las rocas cubiertas de musgo y algas. Oían y olían al mar, estaba dentro suyo, los descomponía en partes, una sensación de puro placer.
Las cámaras se derrumbaron, los ojos se cerraron, el mar se los comía; pero oían a la inmensidad del paraíso sensitivo en el centro de sus cabezas, sonaba y sonaba majestuosamente. Sentían la arena en la espalda, y el olor penetrante del mar, y la arena en la espalda, y el magnífico sonido de aquel mar. Y las manos se separaron, y los jóvenes anillos se cayeron, y una sensación de calidez licuada en las muñecas…
Un eco sibilante había, parecía estar ensalivándose los labios (¿acaso un eco tiene labios…?), y el olor del mar no se iba. La sensación de calidez licuada estaba llegándoles a los hombros, al cuello, y el eco se saboreaba, los descomponía en partes, el olor era intenso, los estaba mareando, las nauseas estremecían y el estómago se les retorcía.
Sin más, ambos abrieron los ojos, ya no había sol, ni cielo, ni mar, en su lugar la penumbra de una gruta entremetida, y allí, mientras estaba recostada en medio, vieron su rostro... uno jamás visto. De ojos naranjas y nariz ofidia, el cabello fucsia, lleno de algas y pequeños moluscos, le caía sobre la mejillas y le cubría los protuberantes senos, y le vieron los dientes de tiburón manchados de sangre (tienen sangre, ¿qué sangre?). Y es así que se observaron y allí se vieron mutilados, pues un brazo les faltaba. Gritaron y gritaron, lloraron, rogaron, rezaron al Señor Todo Poderoso que lo unió en sagrado matrimonio; ahora les faltaba una pierna.
Y vieron a los ojos anaranjados fijarse en los de ellos, le rogaron una y otra vez. Pero la temible mujer agitó su escamosa y azulada extremidad con aletas enormes en la punta. Lo último que llegaron a ver fueron sus feroces dientes de tiburón venírseles en cima.
Eran las costas de un extenso mar.
El sonido placentero, relajante, calmo e inmenso era evocado otra vez.
A. M.

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