Sentir, y nos damos cuenta que estamos vivos…
Más allá de ser un pequeño mimado
en la casa, no pasaba lo mismo en la escuela.
No era un niño diestro en las
matemáticas, tampoco para la literatura. En Educación Física parecía ser que
las hormonas de sus compañeros explotaban transformándose en el hazme reír de
todos; en cierta forma daba asco, pues sabía que era muy torpe con el cuerpo y
lo dificultosos que se le tornaban los deportes. Él era un niño soñador y de
poco habla, se trataba con pocos compañeros, porque la mayoría lo cargaban por
ser así como era.
Pero sí disfrutaba del dibujo.
Desde que su memoria empieza recuerda lo gustoso que es dibujar. Se recuerda
con crayones en las dos manos rodeado por hojas de papel, las témperas,
pinceles, acuarelas, la lata de lápices… es lo que más le gustaba hacer y lo
que mejor sabía hacer. Por tanto su materia favorita era Plástica y Dibujo.
La tarde anterior al suceso, en
la salida de clases, estaba yendo a saludar a su madre y de pronto, pasaron
corriendo a su espalda dos de los alumnos más insoportables de Cuarto, esos que
se creen mucho por ser un año más grande que uno, y al grito de “¡quemado!” lo
empujaron. Él se tropezó con una baldosa levantada, y cayó de cara en el charco
enlodado. Esa mañana había llovido y todavía persistía la humedad en el aire.
Aunque su mamá les gritó llamándolos, se fueron riendo y se perdieron en la multitud
de padres, madres y alumnos. Estaba todo enchastrado de barro, hasta sentía
gusto a barro, un asco.
Al otro día, luego de pasar una
tarde-noche de mal humor y sin apetito, y de amanecer ensimismado más callado
que nunca, llegó la hora de Plástica y Dibujo. Entró al aula la joven maestra
tan sonriente como siempre, saludó al grado, todos la saludaron, dejó la
cartera y la bolsa grande en el escritorio, agarró una tiza amarilla y escribió
en el pizarrón al mismo tiempo que lo leía “Dibujarnos
afuera de la escuela”.
- Hoy se van a dibujar a ustedes afuera de
la escuela – dijo la señorita Estella Maris – Puede ser en cualquier lugar que
ustedes quieran, pero tiene que ser afuera de la escuela, ¿entendieron chicos?
- ¡Sí, señorita! – respondió todo el grado
al unísono.
Se
sintió inspirado. No tardó ni un segundo en pensar lo que iba a dibujar, lo que
iba a crear. Concentrado fue plasmando en la hoja de carpeta de dibujo n°5 el
dibujo del día. Primero a lápiz, luego lo coloraría en gama de verdes,
marrones, rojizos, amarillos y naranjas. Ya finalizando, repasó con el lápiz
color negro acentuando detalles seleccionados, sombreó usando el dedo índice
derecho, el de la mano desocupada, y obtuvo su creación.
- ¡Señorita Estella Maris, ya terminé! –
la llamó.
- ¡Cállate orate! – le dijo Facundo
haciéndose el Homero Simpson. Varios se rieron.
- ¡Facundo Iriarte, terminala! – le llamó
la atención la señorita Estella Maris.
La
maestra se acercó a su pupitre y él le dio el dibujo. Vio la cara de la
señorita de Plástica y Dibujo asombrarse, no la vio feliz como siempre que le
mostraba uno de sus dibujos, más bien parecía estar… ¿asustada? ¿Tenía miedo,
la señorita Estella Maris tenía miedo? Y le habló.
- Joaquín… ¿Qué es este dibujo…?
- Estamos afuera de la escuela, señorita –
respondió dejando oír su vocecita de pequeño.
- ¿Quiénes son esos, Joaquín?
- Son mis amigos, señorita
- Tus amigos… ¿desde cuándo?
- Desde ayer, nos conocimos ayer en la
puerta de la escuela. ¿La puerta de la escuela es la escuela, está mal el
dibujo?
- Es que… no, no es eso… la puerta es
afuera de la escuela, está bien – la notó algo confundida también - , ¿estás
seguro que estos son tus amigos, Joaquín?
- Sí
En eso se oyó la
voz de otra de las alumnas solicitando a la maestra.
- Ya voy, esperame un momentito – y le
habló de nuevo a Joaquín – Mirá Joaquín, este dibujo que hiciste es bastante
violento, ¿está todo bien en tu casa? Si querés podemos ir al pasillo y
hablamos.
- Está todo bien en mi casa, ¿por qué
tiene miedo, señorita?
- ¿Qué son estos bichitos que dibujaste? –
le preguntó señalando con el dedo los personajes que estaban saliendo del
charco de la puerta de la escuela.
- No son bichitos, son mis amigos, y se
llaman duendes.
Sonó el
timbre del recreo, y como es costumbre, todos los alumnos dejaron sus tareas a un
lado y salieron como rayos para el patio. Cuando él se puso de pie para salir
del aula, la maestra lo agarró de la muñeca suavemente.
- Joaquín, tengo que hablar con tus padres
por este dibujo, por favor, dame tu cuaderno de comunicaciones.
- Ellos no van a poder venir a la escuela.
- No te preocupes, siempre se puede
acordar un horario. Por favor, dame tu cuaderno.
- Como quiera, pero ellos no van a poder
venir a la escuela – y con el cuaderno entre los brazos parado como una
estatua, le fijo sus ojos azabache – Mis amigos van a venir a buscarme hoy… -
le entregó el cuaderno intercambiándolo por su dibujo, y rápido salió corriendo
con la hoja de carpeta impregnada de su creación.
Escuchó
los gritos de la maestra aclamando su nombre, pero ya no le importaba. Sus
amigos iban a pasar a buscarlo. Huyó escondiéndose en el cuarto de limpieza
entre los guardapolvos rosas y verde agua, y aguardó hasta que fue preciso.
Transcurridas
dos horas, y sin ser encontrado, aunque por poco y la maestra de Quinto lo
logra, escuchó el timbre de salida, y luego gritos. Oyó como todos gritaban de
miedo, que corrían llevándose cosas por delante, ruidos de portazos, piques y
piques de las pelotas del armario de gimnasia, y también los oía a ellos, a sus
amigos. Pasó un rato, bastante corto en su percepción del tiempo, y los gritos
y ruidos pararon. Entonces, vio cómo las manos rugosas, igual a como se las
había dibujado, corrieron los guardapolvos. En una lengua extraña que sonaba
como la madera partida, le hablaron. Sí, eran sus cinco amigos, los duendes del
charco enlodado donde se había caído, a donde lo habían empujado los abusivos
de Cuarto. Le hicieron seña para que salga del ropero, y dos lo tomaron de las
manos, uno de cada lado. Eran bajitos, a Joaquín le llegaban al hombro que era
un niño flaquito y bajo, y eran iguales a como los había imaginado, como seres
salidos del barro, de caras sonrientes, de piel rugosa, medio encorvados.
Habían
atemorizado a toda la escuela, habían hecho una pequeña travesura. Y ahora
estaban vivos.
A. M.

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