miércoles, 17 de abril de 2013

Sobre la cultura digital



Asistimos a un cambio en la estructuración del sistema capitalista, donde la valoración del capital se da mediante el conocimiento, configurando una nueva división internacional del trabajo que se regula a través del saber y la captación cognitiva en provecho de lo financiero. Es un capitalismo, según Rueda Ortiz, cognitivo.  Dentro de este contexto, la cultura irrumpe con fuerza como un campo de batalla y de negociación del poder social (Rueda Ortiz, 2008). Conjuntamente, la creciente incorporación de las Tecnologías de la Información y la Comunicación a escalas globales, la popularización de la computadora, el mejoramiento de las herramientas para la producción audiovisual, han favorecido a la producción doméstica de bajo costo y buena calidad, y la posibilidad de compartir dicha producción en la web, cruzando límites espacio-temporales.
Entiendo a la cultura digital, también llamada cibercultura, como una cultura crecientemente digital siendo un fenómeno de las sociedades contemporáneas. Es aquella que surge como la imbricación de las tecnologías de la comunicación y de la información en los procesos culturales (Lago Martínez, 2012). El lugar donde se desarrolla es el ciberespacio o la red, entendido según Lévy como el nuevo medio de comunicación que emerge de la interconexión mundial de los ordenadores, mientras que la cibercultura refiere al conjunto de técnicas materiales e intelectuales, de las prácticas, de las actitudes, de los modos de pensamiento y de los valores que se desarrollan conjuntamente en el crecimiento del ciberespacio (Lévy, 2007, Pág. 1). Esta forma de percibir a la cultura digital da cuenta que las relaciones se dan entre una multitud de actores humanos que inventan, producen, utilizan e interpretan dichas técnicas, porque no se puede separar lo humano de su entorno material ni los signos e imágenes a través de los cuales dan sentido a su vida y a su mundo (Lévy, 2007).
Para entender el desenvolvimiento de la cultura digital, es esclarecedora la postura de Rueda Ortiz cuando menciona que las tecnologías por sí solas no producen transformaciones políticas, sino que son las estructuras, las redes y las prácticas sociales en las que éstas se insertan, las que otorgan un significado y configuran tendencias de uso e innovación social, de dominancia o de cooperación (Rueda Ortiz, 2008, Pág.14). Así, mientras el capitalismo captura la fuerza y la vitalidad de los cuerpos-mentes persiguiendo los fines del mercado y del consumo, la autora menciona la producción de formas de resistencia, de creatividad social y de acción política que tienden a la construcción de sentido mediante la movilización social y la expresión estética haciendo posibles la transformación de la realidad a partir de relaciones horizontales y de auto-creación.
Si bien el ciberespacio se constituye como una herramienta para la difusión y la comunicación entre individualidades y grupos, existe una articulación entre el mundo virtual y el territorio geográfico donde los grupos, colectivos y movimientos llevan a cabo sus acciones. Según el trabajo de Lago Martínez, las identidades son construcciones sociales que se moldean en relación a un entorno histórico, geográfico, institucional, cultural, económico, es decir, en un ámbito signado por relaciones de poder. Es así que cuando el entorno varía y se amplía a escala global, las identidades se ven afectadas y se reconfiguran (Lago Martínez, 2012). Percibir la cultura digital significa verla como una esfera de cambios en los modos de producir y difundir. De esta manera, las prácticas comunicacionales se conciben como una acción de intervención, una herramienta artística, estética y política que apunta a la transformación social, al margen de la diversidad de objetivos que procure: contrainformar, desarrollar niveles de conciencia, agitar, formar cuadros, etc. (Bustos, 2006 en Lago Martínez, 2012, Pág. 131).  El ámbito de la cultura digital es un nuevo campo de poder tanto en la información, dominación, saber, participación y socialización. Su apropiación implica un cambio en las estrategias de intervención política y una nueva concepción del espacio y el tiempo, y contribuye a la conformación de identidades colectivas que se reapropian del espacio simbólico y articulan el ciberespacio con el territorio. Estas nuevas identidades, colectivos sociales y culturales en palabras de Mauro, Amado y Alonso, perciben a internet y las nuevas tecnologías como facilitadoras de la comunicación, permitiendo que se desarrollen muchos más espacios de intercambio (Mauro, Amado y Alonso, 2012, Pág. 131). Según su investigación, el ciberespacio se constituye como un campo de acción, en donde los colectivos articulan este escenario virtual con el espacio geográfico para la acción directa.
En relación, el concepto de beligerancia cultural acuñado por Rodriguez complementa la idea de la cultura digital como un campo de relaciones de poder, en tanto, permite considerar la relación entre los movimientos y los medios de comunicación no sólo en el marco de los cambios en las subjetividades, sino también en clave de la constitución del campo político y de la pertinencia a él de los medios de comunicación (Rodríguez, 2006, Pág. 236).
El horizonte de esta sociedad atravesada por la cultura digital se inscribe, entonces, por un lado, en la cooperación, la creatividad social y la cultura entendida como libre, y por otro, en relación a las novedosas formas de dominación y captura propias del capitalismo contemporáneo (Rueda Ortiz, 2012). Los conflictos y luchas ya no tienen sólo un carácter de clase, sino que se ponen en juego una nueva y múltiple dinámica de intereses y prácticas sociales.
A.M.

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